—Ya puedes levantarte, Pepe —susurró Pau—. Pedro, suéltame —añadió al ver que éste no se movía.
—Sí, perdona —murmuró. Luego se puso de pie y le ofreció una mano para que se incorporara—. Un gran tanto —la felicitó sin apartar la mirada de su boca.
—Gracias...
— ¡Has estado increíble! —exclamó Fede, dándole un fuerte abrazo.
— ¡Genial! —reforzó Ryan cuando su hermano la hubo soltado—. Si no estuviera felizmente casado, te pediría ahora mismo que te casaras conmigo.
— ¿Seguimos jugando o qué? —rezongó Pedro.
Y siguieron. Lo cual no hizo sino multiplicar su frustración, pues jugada tras jugada era Fede quien lanzaba, Pau quien recibía la pelota y él quien acababa tirándola y terminaba encima de ella, con los nervios a flor de piel.
El partido concluyó, con el triunfo del equipo de Fede, cuando la señora Alfonso los llamó para tomar el helado que ella misma había preparado. Durante media hora, Pau pareció radiante, pero Pepe advirtió que, de vez en cuando, lo miraba de reojo.
—Pau, espera un momento —le dijo después de que ésta anunciara que se marchaba.
— ¿Qué pasa? —preguntó ella mientras abría la puerta de su coche.
—Me preguntaba si te apetecería cenar conmigo esta noche.
—Me encantaría, en serio; pero ya tengo planes —se excusó Pau.
— ¿Una cita?
—Sí.
— ¿No será con Hartmann?
— ¿Estás loco? Jamás saldría con ese mentiroso de nuevo.
— ¿Con quién entonces?
—Con Paul Santiago, el profesor de español del que te hablé.
—Uno de tus candidatos —comentó Pedro con el ceño fruncido—. Creía que ibas a esperar hasta que lo hubiera investigado.
—Sólo vamos a cenar, Pepe. Creo que podré arreglármelas sin tus informes.
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