Pau ocultó su sorpresa. Thiago no solía expresar sus sentimientos de forma tan abierta.
—¿Sí?
—Sí. Me cae bien. No me importaría que se quedara, en lugar de irse como todas las demás niñeras.
Pau acarició la cabeza rubia de su sobrino.
—Supongo que eso depende en gran parte de ti. No convendría que se repitiera el episodio de esta mañana.
—Sí, el señor Pedro ha dicho que no es recomendable utilizar la cinta de embalar. También nos ha dicho que hemos hecho un buen trabajo decorando su rostro, pero que le habría gustado que eligiéramos un rotulador que se pudiera borrar.
—Hmm. ¿Y ese es el motivo por el que te gustaría que se quedara? ¿Porque no te ha reñido?
Thiago dibujo con su dedo el contorno de un cohete en la sábana.
—Supongo que sí. Creo que le gusto.
A Pau le habría gustado decirle que les había gustado a todas sus niñeras, pero nunca había mentido a su sobrino y no quería empezar a hacerlo. Lo cierto era que Thiago y sus hermanas se habían comportado como pequeños monstruos y habían conseguido echar a todas sus niñeras. La disciplina parecía ser lo único que Delfi negaba a sus hijos.
—Si tú lo crees, probablemente será cierto —Pau salió de la cama y arropó al niño, que sonrió, adormecido—. Y ahora, buenas noches, cariño.
—Buenas noches, tía.
Pau fue hasta la puerta.
—Que duermas bien. No dejes que te muerdan los chinches —se despidió, sintiendo un gran alivio al ver que Thiago ya no tenía aquella expresión desolada.
Salió de la habitación con la intención de ir a echar un vistazo a las niñas antes de reunirse con Pedro Alfonso para aclarar las cosas.
Sus pasos flaquearon según se acercaba a la habitación de la niñera.
No le gustaban los enfrentamientos. A Delfi le encantaba el drama, pero a ella no. Sin embargo, su hermana le había pedido que se asegurara de que los niños estaban bien, y eso pensaba hacer. Respiró hondo y llamó a la puerta de Pedro. Este abrió y terminó de ponerse una camiseta seca, ofreciéndole un destello del dragón oculto tras una mata de pelo oscuro en su liso estómago. Pau sintió que el suyo se llenaba de mariposas. Lo normal era que los nombres no la afectaban de aquella manera. ¿Por qué aquel sí, y por qué en aquellas circunstancias?
—¿Qué sucede? ¿Me necesita alguno de los niños?
Los ojos verdes de Pedro reflejaron ansiedad, no enfado, como Pau había anticipado.
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3/5
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