Pedro arrojó al suelo del baño la toalla mojada y se puso unos calzoncillos. Nada como una ducha de agua fría para volver a tener la cabeza sobre los hombros.
Había quedado como un completo imbécil con Pau Chaves. No tenía por qué haberla abordado en al biblioteca. Sabía que ella no creía que fuera gay. Eso había quedado claro por su forma de mirarlo cuando había ido a su dormitorio para decirle que quería hablar con él. No debería haber permitido que lo besara. Y había cometido un grave error devolviéndole el beso.
¿Qué diablos le pasaba?
Si Gladys no hubiera llamado a la puerta cuando lo había hecho, habrían acabado rodando por el suelo para terminar lo que habían empezado.
¿Qué tenía aquella mujer para excitarlo de aquella manera? No era una belleza ni tenía un gran cuerpo. Era insolente, distante y sarcástica. No le gustaba en especial. E intuía que ella pensaba lo mismo de él. Pero había algo en ella que lo atraía con la misma fuerza de la resaca que acompañaba a las mareas... y que resultaba igualmente peligrosa.
Recordó lo que le ocurrió a Charlie Gallagher, un magnífico policía hasta que se vio emocionalmente implicado con una sospechosa. Desveló su tapadera, murió un policía y él perdió su placa.
La hermana de Pau podía estar implicada en aquel caso. Su trabajo exigía que descubriera la verdad y llevara a los culpables ante la justicia. «Trabajarse» a la hermana de la sospechosa en la biblioteca no formaba parte del trato. No volvería a repetir el error de esa noche.
Pero, contra toda lógica, quería hacerlo. Y la tensión de su entrepierna lo demostraba.
Se sentó en el borde de la cama sin molestarse en apartar las mantas. Agotado, se dejó caer de espaldas sobre el colchón. Mantener el ritmo de aquellos niños casi lo mata. Lo habían atado, le habían pintado la cara, le habían roto la camisa, habían destrozado su reputación profesional, su sexualidad había sido cuestionada, había cambiado numerosos pañales, había hecho de padre confesor y consejero de un jovencito, había preparado comidas, le habían vomitado encima, había bañado a las tres criaturas... y el día aún no había acabado. En un par de horas, cuando Pau y Gladys estuvieran dormidas, iría a inspeccionar el despacho de Cheltham.
¿Cuánto ganarían las niñeras? No tenía ni idea, pero seguro que no era suficiente.
Cuando recuperó la energía suficiente, se irguió en la cama y tomó nota mental de que tenía que decirle a Nan que debería canonizar a Flor. La pobre mujer tenía siete hijos. O era una santa, o estaba loca. Tal vez un poco de ambas cosas.
Pau giró en la cama por enésima vez. Frustrada, golpeó la almohada en un intento de ponerse más cómoda. El sueño jugaba un importante papel en su vida. Le encantaba dormir. Necesitaba al menos siete horas para mantener cierta apariencia civilizada. El sueño nunca la eludía.
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Sigue 3/4
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