Pau alzó ligeramente la barbilla, indicándole que estaba dispuesta a jugar. La boca de Pedro descendió y dejó una serie de insinuantes besos en sus labios. Cada uno de ellos hizo que la temperatura interior de Pau aumentara hasta que dejó escapar un gemido de impaciencia. Él tomó todo lo que le ofrecía y luego exigió más.
La lógica abandonó por completo la mente de Pau, que se abrió a un contacto más íntimo. Pedro gimió contra su boca y sus lenguas se encontraron en un juego de persecuciones y rendición. Ella tiró de su camiseta hasta sacársela de los pantalones, desesperada por sentir su piel contra la de ella.
Pedro tomó sus nalgas en las palmas de las manos y la atrajo con fuerza hacia sí. Pau dio la bienvenida a la dura protuberancia que presionó contra su bajo vientre.
Al no encontrar alivio a su devorador deseo, manifestado en el húmedo calor que palpitaba entre sus piernas, ciñó las caderas de Pedro en una ferviente búsqueda.
El sonido del timbre de la puerta restauró la razón. Se apartó de él, reacia, jadeante. La agitada respiración de Pedro contaba su propia historia.
—Será mejor que vaya a ver quién es antes de que el timbre despierte a los niños —la voz de Pau sonó tan temblorosa como sentía sus piernas.
Pedro movió la cabeza como para despejarse.
—No. Será mejor que vaya yo. Es demasiado tarde como para que se trate de una simple visita.
Pau miró el impresionante abultamiento de la tela vaquera que cubría su entrepierna.
—No creo que estés en el estado más adecuado para ir a abrir.
—No me importa en qué estado esté —replicó él con firmeza. Es tarde y, según puede saber cualquiera, el señor y la señora Cheltham no están encasa. Espera aquí.
Antes de que Pau pudiera responder, Pedro salió de la biblioteca.
Pau debería haber protestado por su actitud machista, pero ni siquiera sabía si habría podido llegar hasta la puerta. Logró cruzar la habitación y dejarse caer en una de las sillas. Era extraño tener a alguien que se ocupara de ella.
La voz de Gladys resonó en el vestíbulo.
—Espero que no estuviera dormido. He salido al porche y la puerta se ha cerrado. Gracias por abrirme —después de veinte años sin fumar, Gladys aún se escapaba de vez en cuando para echar un cigarrillo—. ¡Vaya! Debía estar teniendo un sueño increíble. Siento haberlo despertado. Buenas noches.
Por supuesto, Gladys se había fijado en la entrepierna de Pedro. Y, por supuesto, había hecho un comentario al respecto.
Pau soltó el aliento que había contenido cuando oyó que los pasos de Gladys seguían hacia la escalera sin detenerse en la puerta de la biblioteca. Se centró en sus ejercicios respiratorios de yoga para recuperar la compostura. Era una lástima que no hubiera teorizado la impotencia.
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