Pero lo cierto era que se había mostrado sorprendentemente tranquilo cuando Cami le había tirado la comida encima, y también durante el baño de las niñas. Pero que fuera un tipo agradable no significaba que también fuera competente.
—No. Todos están bien. Pero tenemos que hablar.
Pedro se apartó a un lado para dejar pasar a Pau.
Ella era muy consciente de la anchura de sus hombros bajo la ceñida camiseta, de su incipiente barba, de la fuerza que denotaba el contorno de su mandíbula, de sus pies descalzos... Encerrarse en un dormitorio con él no parecía lo más inteligente que podía hacer.
—¿Por qué no hablamos en la biblioteca?
Pedro sonrió.
—Mientras prometa no atarme con cinta de embalar y no cortarme la camisa...
—Creo que podré contenerme —Pau sonó mucho más segura de sí misma de lo que se sentía.
—¿Cuándo quiere que hablemos?
—¿Qué tal ahora mismo? —Pau quería terminar con aquello cuanto antes y retirarse a la habitación de invitados. Un poco de yoga y una ducha le harían recuperar la calma.
—Enseguida bajo.
Pau no lo esperó. Bajó a la biblioteca, encendió la luz y se puso a mirar los lomos de los libros para tratar de distraerse. Alguna clase de alarma interior le hizo volverse en el momento en que Pedro entró en la habitación a pesar de que apenas hizo ruido. Se fijo en que se había calzado. Eso era lo que lo había retenido.
Respiró hondo e inhaló sin querer su aroma masculino.
Soltó el aire a toda velocidad, como si haciéndolo pudiera librase de la atracción que sentía.
—¿Le importa si me siento? —preguntó él retóricamente mientras ocupaba una de las sillas.
—Adelante —Pau pensó que cuanto antes dijera lo que tenía que decir, antes podría seguir cada uno su camino—. Creo que puedo hablar con tranquilidad en nombre de Delfi y Gonza si le digo que animar a los niños a eructar y puntuar sus eructos resulta bastante inapropiado, señor Alfonso.
Pedro se inclinó un poco hacia delante y apoyó sus poderosos antebrazos en sus rodillas. Una sensual calidez recorrió a Pau, que tuvo que hacer un esfuerzo para concentrarse en el asunto en cuestión.
—¿Se ha preguntado en algún momento por qué su sobrino ha ideado hoy un juego tan agresivo? Atarme con cinta de embalar no es el típico juego de un niño, pero supongo que es algo bastante habitual para Thiago, y sospecho que la cosa ha empeorado últimamente, ¿no?
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4/5
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