Una húmeda calidez penetró el sueño de Pedro que, reacion, abrió los ojos. Se sintió un tanto desorientado al comprobar que se encontraba sentado en una mecedora en la habitación de Cami. Tenía tortícolis, cosa lógica después de haber dormido en una silla, y estaba tan lejos de atrapar a Cheltman como el día anterior.
Cami se movió en su regazo y le sonrió.
—Buenos días, señorita —era extraño, pero Pedro nunca había convivido con niños. Sus padres los consideraban un «accidente» del que nunca habían llegado a recuperarse del todo. Absortos el uno en el otro, no habían hecho sitio en sus vidas para nadie más. Nunca lo animaron a llevar a otros niños a casa. Hasta que había ingresado en la policía no había tenido la sensación de pertenecer a una familia.
Para él, los niños eran un territorio desconocido que nunca había tenido intención de explorar. Solo que aquella criatura casi le hacía olvidar el dolor de cuello.
Sonrió.
Cami lo recompensó lanzándole su pañal, que pasó rozándole la cabeza.
—Se supone que eso debes llevarlo puesto... —Pedro se interrumpió a mitad de la frase. Aquel pañal seco fuera del beep de Cami explicaba la humedad que sentía en la pierna. Miró sus vaqueros y vio en ellos una mancha oscura que confirmó sus sospechas. De momento le había vomitado y le había meado encima; por tanto, solo le quedaba...
Depósito con rapidez a Cami en el suelo y se levantó de la mecedora. Algunos músculos en los que no había pensado en años protestaron vehementemente. Toda una proeza, teniendo en cuenta que iba al gimnasio con regularidad.
Mili entró en el cuarto de Cami arrastrando una gastada manta.
—Oh, oh, has tenido un accidente.
—Buenos días, Mili. El accidente lo ha tenido tu hermana.
—No importa. Yo también tengo accidentes —la niña bajó la voz—. Pero no debes culpar a Cami. Mamá dice que cuando uno se mete en problemas tiene que asumir la responsabilidad de lo que ha hecho.
—Cami se ha quitado el pañal —una vez más, Pedro se vio reducido a discutir con una niña de tres años.
—Eso es por que le pica. Yo solía usarlos y también me picaban cuando estaban mojados—Mili habló con la suprema autoridad de alguien que llevara al menos un año sin usar pañales.
Pedro podía dar fe de lo del picor. Necesitaba cambiarse de vaqueros. Se pasó una mano por la barbilla. De hecho, necesitaba una ducha y un afeitado.
Cuando salió al pasillo con Cami y Mili, se topó literalmente con Pau. La sujetó por el brazo para que recuperara el equilibrio y una oleada de atracción lo recorrió al sentir su cálida carne bajo la palma de la mano. Un chichón del tamaño de una pelota de ping pong en el centro de su frente y unas grandes ojeras lo miraron.
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