— ¿Cuál? —preguntó ella, con cautela.
—Si descubro algo que demuestre que tus candidatos no son aptos, tienes que prometerme que te olvidarás de todo esto.
Paula vaciló. Lo cierto era que si ninguno de esos candidatos cuajaba, no estaba segura de qué podría hacer.
—Pedro, quiero tener un bebé. De verdad.
—Ése es el trato. Lo tomas o lo dejas.
—Si ninguno de los candidatos es apto —arrancó Paula—, te prometo que me replantearé el asunto, ¿de acuerdo?
— ¿Tengo otra opción mejor? —repuso él tras suspirar.
Paula saltó de la silla, abrazó a Pedro por el cuello y le cubrió la cara de besos.
—Gracias, gracias, gracias.
—No es que me importe que se me lance una mujer al cuello; pero no te precipites con lo de darme las gracias. Igual no te gusta lo que descubra.
—Seguro que sí me gustará. Lo sé.
—Ya veremos —dudó Pedro—. ¿Dónde está la lista?
—Voy por ella —Paula corrió a su dormitorio y sacó la lista del bolso. Cuando regresó, Pedro ya había recogido los restos de la pizza y la estaba esperando en el salón.
Por un momento se permitió contemplarlo: había arrellanado sus ciento noventa centímetros sobre el sofá y estaba con la cabeza inclinada hacia atrás y los ojos entornados. Tenía los pómulos marcados y un mentón igualmente prominente. Por no hablar de esa boca, capaz de reblandecer el cerebro y las rodillas de cualquier mujer. El hecho de que además tuviera un buen corazón, hacía que fuese un hombre casi perfecto... No lo era del todo, porque ella no creía en cuentos de hadas y, aunque así fuese, Pedro no la vería jamás como a una princesa.
De pronto, como si hubiera advertido que Paula lo observaba, abrió los ojos y le lanzó una mirada cargada de electricidad.
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Sigue..
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