Esa noche compartirían una pizza y lo convencería de que aquel beso, por apasionado que hubiese sido, no significaba nada. Pedro podía volver a citarse con Valeria Harrison y demás mujeres despampanantes, y ella... bueno, ella podría recordar el placer de haber saboreado aquellos labios.
Puso un compacto de música y encendió las distintas velas de la pieza.
De pronto recordó su décimo tercer cumpleaños, cuando comprendió que ella sólo atraía a hombres irresponsables, incapaces de asumir un compromiso; que nunca habría un Príncipe Encantado en su vida. Desde entonces, se había olvidado de los caballeros de brillante armadura; pero nunca había podido renunciar a su deseo de tener un bebé.
Lo quería con toda su alma. Que ella recordara, llevaba toda la vida esperando ser madre. Por eso se había puesto a trabajar en una guardería: porque la encantaba levantar en brazos a los pequeños, cuidarlos y mimarlos... por mucho que le doliera tener que despedirse de ellos al final de cada día. De ahí que necesitara tener su propio bebé: para poder mecerlo en la cuna y cantarle nanas por las noches; para darle todo el amor que rebosaba en su interior. Y, pensara Pedro lo que pensara, su plan no era descabellado. La lástima era que no pudiera pedirle a él ser el padre. Porque eso sí que sería perfecto.
Llamaron a la puerta y, antes de abrir, se obligó a esbozar la mejor de sus sonrisas.
Como siempre que estaba cerca de Pedro, el pulso se le aceleró.
Seguía llevando unos vaqueros gastados y se había subido las mangas de la camisa hasta los codos, lo cual dejaba al descubierto sus musculosos y bronceados brazos. El pelo, negro, estaba más revuelto que de costumbre, pero, sobre todo, fue la preocupación de sus ojos lo que la inquietó.
—El hombre de la pizza —dijo Paula en cualquier caso, tratando de parecer alegre.
—Siento lo del beso —soltó Pedro sin preámbulos.
—No importa —repuso ella—. ¿Así que de verdad la has traído de anchoas?
—Me pasé de la raya. Lo siento —insistió Pedro, mientras la seguía a la cocina.
—Está bien —Paula abrió la caja y aspiró el olor de la pizza—. ¡Umm! Huele de maravilla. ¿Quieres que saque los platos? —preguntó mientras ponía unas servilletas en la mesa de la cocina.
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Sigue..
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