-Hola, Pedro —lo saludó Federico tras colgar el auricular—. Estaba a punto de llamarte para darte la noticia: ¡hemos cerrado el contrato con Stevens! —celebró mientras su hermano cerraba de golpe la puerta del despacho.
—Debería arrancarte la cabeza —dijo éste, colocando ambas manos sobre el escritorio y mirando a Federico a la cara.
—Inténtalo, hermanito. Pero antes de que te haga morder el polvo, ¿te importa decirme por qué estás enfadado?
— ¿Cómo has podido aprovecharte de Paula? —explotó Pedro, el cual llevaba conteniendo la rabia desde que ella le había contado lo suyo con Federico.
— ¿Paula?
—Sí, Paula Chaves —murmuró Pedro—. Ya sabes, la pelirroja delgadita a la que conocemos desde que éramos pequeños.
—Ah... esa Paula —dijo Federico. Luego sonrió y a Pedro le entraron ganas de ahorcarlo con la corbata—. No creo que me haya aprovechado de ella por haberla visto a solas alguna que otra vez. ¿Cuál es el problema?
— ¿Te crees que por invitarla a comer dos días tienes derecho a seducirla?
— ¿Quién dice que me la he seducido? —replicó Federico, indignado—. Sólo la besé en un par de ocasiones.
El hecho de descubrir que había habido más de un beso no contribuyó precisamente a que Pedro se serenara:
—Así que lo reconoces: has intentado cazarla.
—Yo no reconozco nada —repuso Federico, extrañado—. No es asunto tuyo, pero no creo que compartir un par de besos, en los que Paula participó gustosamente, por cierto, tenga nada que ver con ir de caza.
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Sigue..
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