miércoles, 25 de diciembre de 2013

Capitulo 8 ♥ - Dulce Reencuentro♥



Pedro se puso en cuclillas a su lado mientras seguía intentando limpiarle las manos, al parecer inconsciente de las necesidades emocionales de su hija.

Pau le dio un discreto golpe en las costillas. Eso y la mirada de ella lo hicieron hablar.

-Sí, eso. Tal como eres. Pero más limpia. Ahora vuelve a la cocina, jovencita.

Almita casi se sacó un ojo cuando lo saludó militarmente. Pero no hizo nada para irse a la cocina.

-Ayúdame con esto -le dijo él a Pau.

-Solo he venido a observar.

-¿A observar? Eso es inútil.

-Si prefieres que me vuelva a casa… -dijo Pau al tiempo que se levantaba, dispuesta para hacerlo.

-Quédate.

-Yo tampoco soy un perro -dijo ella ya con la mano en el picaporte-. Así que no intentes darme órdenes como si lo fuera.

-Por favor, quédate.

Estaba claro que a él no le gustaba mucho pedir las cosas educadamente. Pero lo hizo.

Ella suspiró.

-Vamos al trabajo.

-Vamos a jugar -dijo Alma.

-Primero tienes que lavarte -le dijo Pedro tomándola en brazos como si fuera un paquete, y se dirigió a la cocina.

Pau lo siguió. El mobiliario le indicaba que estaba muy claro que ese hombre viajaba ligero de equipaje. ¿Cuánto tiempo llevaría en Chicago? ¿Dónde se habría hecho la herida en la pierna que le hacía cojear? ¿Por qué había hecho el amor con ella para luego actuar como si no hubiera pasado nada entre ellos?

Los muebles de la cocina eran todos blancos y, sobre ellos, solo había una cafetera.

-He puesto toda la casa a prueba de niños -le dijo él entonces-. Para que ella pueda estar segura aquí.

-Eso está bien.

Por lo menos la niña estaría segura, ¿Pero sabría alguna vez lo que era que su padre le diera un abrazo? ¿O se pasaría la vida acatando órdenes ladradas con voz seca?

Ella sí que sabía muy bien lo que era eso y no quería que a Almita le sucediera lo mismo. La niña ya había sufrido bastante en la vida cuando murió su madre. Lo que necesitaba ahora era estabilidad, comprensión y mucho amor.

Ansió abrazarla y darle todo el amor que necesitaba. Lo único que la contuvo fue el conocimiento de que ya se había metido demasiado en aquello. Ella era solo su profesora y Pedro era el padre.

Lo que sirvió para recordarle las veces que había soñado despierta preguntándose qué clase de padre sería él. Durante esa alarma de embarazo que tuvo hace tanto tiempo, se había imaginado la reacción de él cuando le dijera que iban a tener un hijo. En su fantasía adolescente, él se habría sorprendido y luego la habría abrazado y le habría pedido que se casaran. Entonces no habría importado que él se hubiera alistado en los marines. Ella lo habría esperado.

Pero había sido una tonta. Había querido un hijo, alguien a quien amar y eso no había cambiado. La que había cambiado era ella.

Ya no tenía que preocuparse por quedarse embarazada. Hacía unos años que su ginecólogo le había dicho que tenía una malformación en el útero que hacía prácticamente imposible que pudiera concebir hijos.




Así que ella había cerrado la puerta a ese sueño y se había concentrado en su trabajo, sin pensar que un día acabaría enseñando a Pedro a tratar a su propia hija.



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SIGUE...

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