Sorprendida por la dirección que habían tomado sus pensamientos, Pau pensó que aquello no era por Pedro o por ella, sino por Almita.
Tomó los papeles en donde había apuntado sus notas y consultó la primera página.
-La mayoría de las clases para padres se han diseñado para padres nuevos con hijos pequeños -le dijo-. He hecho un programa con tus necesidades especiales. Creo que con eso cubriremos lo básico, comer, vestirse, bañarse y acostarse.
Almita gritó entonces:
-¡Nooo! No me quiero acostar ahora.
-Está bien, todavía no es hora de acostarte -dijo Pau-. Deja que te vea las manos limpias.
Almita se las enseñó.
-Muy bien.
-Muy bien -repitió la niña asintiendo.
-¿Tienes problemas con algo de lo que te he dicho? -le preguntó Pau a Pedro.
Con todo, pensó él. Pero no estaba dispuesto a admitirlo.
-Podemos verlo todo. Pero antes tengo unas preguntas que hacerte -dijo él sacando su propio cuaderno de notas-. ¿Cada cuánto tiempo hacéis simulacros de incendio? ¿Tenéis conocimientos de pediatría y primeros auxilios? ¿Tenéis todos los papeles en regla en el colegio?
Ella pareció impresionada.
-Ya veo que has leído algo de lo que te sugerí.
-Eso es.
A él no 1e gustaba nada parecer incompetente, así que se había esforzado en averiguar todo lo que había podido en los últimos días. Muchas cosas de las que habían leído le habían parecido tonterías psicológicas. Él era un tipo claro y sencillo. Le gustó saber que los niños necesitaban rutinas y organización. Lo mismo que los marines. Los reclutas que él entrenaba necesitaban la disciplina para acatar las órdenes.
El hacer que un recluta novato dominara su miedo a las alturas lo suficiente como para conseguir bajar en rappel por una torre de entrenamiento le hacía sentirse bien. Tal vez esa era su oportunidad de sobreponerse a un miedo propio, el de ser padre. Sobreponerse al miedo era otra de las cosas que debe hacer un marine.
Sí, le gustaba verlo de esa manera.
-¿Has oído algo de lo que te he dicho? -le preguntó ella exasperada.
-Sí. Has dicho que tenéis conocimientos de primeros auxilios y que el colegio tiene todas las licencias en regla, además de tener todos los extintores y alarmas contra incendios necesarios y que hacéis los simulacros de incendios que pide la ley. Y ahora cuéntame los secretos de vestir a un niño.
Saber concentrarse en más de una actividad a la vez, era otra ventaja que él tenía sobre un padre normal. Otra cosa que le habían enseñado los marines.
-¿Secretos? Lo dices como si hubiera solo una forma de conseguirlo. Y no es así. A veces hay que aprender por el método de prueba y error. Lo que puedo hacer es darte algunas sugerencias. Almi, aquí presente, es una niña pequeña, no un saco de patatas.
-Almita es una niña -repitió Alma orgullosamente-. No un saco de patatas. Ni un perro.
-¿Qué quieres decir? -le preguntó Peedro a Pau.
-Que pareces un poco incómodo cuando la tomas en brazos.
Eso era porque él era un hombre más acostumbrado a llevar un fusil de asalto M-16 A2 que un niño.
-Enséñame. Por favor.
-Solo tienes que actuar naturalmente.
-Eso es fácil de decir.
-Mira -dijo Pau al tiempo que tomaba a Almita en brazos y se la colocaba sobre una cadera-. Es así.
-Esa es una forma de chica de llevar a un niño.
-Ah, ¿ahora eres tú el experto?
-Mira tú.
Pedro tomó a Almita y, después de un momento de no saber qué hacer, se la echó al hombro.
-¡Yupiii, un caballo! –gritó Almita al tiempo que le daba con los talones en el pecho.
-Ten cuidado, no vaya a usar tu cabello de riendas -le dijo Pau.
-No es lo bastante largo.
Y era cierto, pero Almita le agarró de las orejas.
-No me agarres las orejas -ordenó él-. ¿Me has oído, jovencita?
-Señor, sí señor -dijo la niña.
Cuando trató de saludar, casi se cayó de sus hombros. Él la bajó y la sujetó bajo el brazo izquierdo.
-Tengo ******* -dijo Almita y Pedro la dejó en el suelo como si fuera radioactiva.
-¿Necesitas ayuda? -preguntó Pau tratando de no reírse.
-¿A quién se lo preguntas, a Alma o a mí?
-A los dos.
-Alma puede ir sola al cuarto de baño. Gracias a Dios. También está preparado a prueba de niños. A Pau le gustó ver que él seguía vigilando la puerta entreabierta del baño.
Durante la ausencia de Almita, Pau pensó que ese era un buen momento para hablar de las emociones.
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SIGUE..
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