miércoles, 25 de diciembre de 2013

Capitulo 11 ♥ - Dulce Reencuentro♥



-No.

-Sí.

-¡No!

-Sí, no, sí, no -repitió Almita.

Pau tuvo que reírse.

-Parece como si fuéramos un par de niños de tres años -dijo.

-Yo los tengo -dijo la niña levantando tres dedos orgullosamente-. Estos.

Pau le sonrió.

-Muy bien.

-¿Qué le has hecho al G.1. Joe? -le preguntó Pedro al ver lo que le estaba haciendo la niña al soldado de plástico.

-Lo he puesto bonito -respondió Almi mostrándole el sombrero de flores que le había puesto.

-El G.I. Joe no lleva flores -dijo Pedro muy serio-. Todos los demás G.1. Joes se reirían de él. Ponle el casco de nuevo.

Almita miró insegura a su padre y sus grandes ojos castaños se le llenaron de lágrimas.

-Vaya -exclamó Pedro-. No llores. Las niñas mayores no lloran.

-Claro que sí -intervino Pau y tomó en brazos a la niña-. Está bien estar triste, querida. Yo creo que G.I. Joe está muy bien con ese sombrero.

Almita sorbió y apretó la cara contra el cuello de Pau. Lo que permitió que ella le dedicara una mirada a Pedro que hubiera fundido acero.

-Muy bien, las niñas mayores lloran -admitió él-. A veces. Pero la hija de un marine no llora.

Extendió el brazo y le dio una palmadita en la espalda a Alma.

-Ahora tú eres la hija de un marine y puedes…

Estuvo a punto de decir que podía masticar clavos, pero se lo pensó mejor, ya que Alma solía tomárselo todo literalmente.

-Y eres incluso más poderosa que G.1. Joe. Eres más fuerte que los demás niños.

La niña dejó de llorar y extendió los brazos hacia él.

La tomó en sus brazos y ese abrazo le resultó más fácil ahora. Un segundo más tarde, Almi se estaba riendo de su representación de Los tres cerditos. O tal vez de sus muecas. Lo que fuera, había logrado hacerla reír.

-Ahora vamos a enseñarle a Pau cómo puedes guardar algunos de esos juguetes -dijo bajándola al suelo-. Uno, dos, tres, cuatro. Quita todos esos juguetes del suelo. Izquierda, derecha, izquierda, derecha. Quita también esos camiones.

Pau esperó hasta más tarde, cuando Almi ya se había dormido, para hablarle a Pedro de la dureza.

-Me sorprende que aguante tanto -dijo Pedro desde la puerta del dormitorio de la niña-. Se suponía que tenía que empezar su siesta a las catorce cero, cero. Y eso fue hace treinta minutos.

Cuando estuvieron de vuelta en el salón, Pau le dijo:

-A veces tienes que ser flexible. Y tienes que recordar que solo tiene tres años. Es una niña pequeña, no un marine. Una niña que acaba de perder a su madre.

-Soy consciente de ello.

-¿Te ha hablado de su madre, de que la echa de menos?

-Me ha dicho que está arriba, en el Cielo, y me ha preguntado si eso me entristece.

-¿Y qué le has dicho tú? ¿Que los marines no se ponen tristes?

El la miró fijamente. No lo había dicho así, pero estuvo muy cerca.

Pau suspiró, como si se esperara ese fallo.

-Eso puede explicar por qué es tan estoica en algunas cosas. En no llorar, en querer comportarse bien y no hacer nada mal.

-Eso es bueno.

-Como ya te dije en el colegio cuando hablamos de esto, a Alma le aterroriza hacer algo mal. Tal vez piense que, si no se porta bien, tú desaparecerás o morirás, como hizo su madre. O que la echarás de casa. No estoy segura, pero creo que es importante que averigüemos lo que piensa, lo que siente.

-A mí no se me dan nada bien esas cosas.

-Pues vas a tener que aprender a que se te den bien. Mientras tanto, yo necesito algunos hechos sobre los que trabajar. ¿Sabes cómo murió la madre de Alma?

-Me dijeron que en un accidente de coche. Se durmió conduciendo mientras volvía a casa después del trabajo. Trabajaba de noche como camarera en un club de San Diego. La asistente social me dijo que Milagros solía dejar a Alma a cargo de unos amigos y que ella estaba acostumbrada a no estar con su madre.

-Aún así, me sorprende que Alma no la haya mencionado más. ¿No le has hablado tú de eso?

Él la miró como si estuviera loca.

-¿Y por qué lo iba a hacer? Como te he dicho, ella ya sabe que Milagros está muerta.

-Decirle que las niñas grandes no lloran le pondrá las cosas más difíciles. Tienes que permitirle expresar sus emociones.




-Muy bien. No le diré que los hijos de los marines no lloran y dejaré que ella lo haga cuando quiera


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SIGUE..

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