-Bien.
-Bueno, me alegro. Tal vez Maxi te pueda proteger de Pedro.
La imagen de Maxi, un hombre atractivo y razonablemente en forma, pero no precisamente un Arnold Schwarzenegger, enfrentándose a Pedro, la máquina de matar, el perfecto marine, el tipo más bestia que había conocido en su vida, fue suficiente como para hacerla agitar la cabeza.
-No, si quiero protegerme de Pedro, lo voy a tener que hacer yo misma.
-¿Qué quieres decir con eso? ¿Es que piensas volver a tener algo que ver con él de nuevo?
-No. Le dije que estaba saliendo con otro.
-¿Antes o después de que te besara?
-La verdad es que antes.
-Ah.
-¿Ah, qué?
Zai se encogió de hombros.
-Ese tipo está celoso de que te hayas alejado de su vida.
-¿Alejarme? ¿Debería esperarlo después de doce años sin verlo?, ¿desde ese verano en que teníamos dieciocho años?
-Sí, pero en esos doce años tú no has salido realmente en serio con ningún otro.
-Eso no es cierto. Está Pablo.
-Sí, claro, Pablo, el epítome del síndrome de Peter Pan. Vamos, él nunca fue un candidato real para sentar la cabeza.
-De acuerdo, ¿y Agustin?
-Eso, ¿y él?
-Él sí estaba dispuesto a sentar la cabeza. Estuve cerca de aceptar su proposición de matrimonio el año pasado.
-Estar cerca se dice solo cuando un caballo casi te ha dado una coz o cuando casi te ha estallado una granada de mano. Lo que nos lleva de nuevo a Pedro, el epítome de las granadas de mano y minas antipersonal es en lo que se refiere a las relaciones personales. ¿Sabes una cosa? -dijo Zai agitando nerviosamente una patata frita delante de ella-. Yo creo que la razón por la que no aceptaste la propuesta de matrimonio de Agustin es que nunca te has repuesto realmente de Pedro.
Pau casi se atragantó con su hamburguesa.
-Eso es ridículo.
-¿Lo es? ¿Puedes decirme sinceramente que no has deseado que su hija sea tuya también?
Pau tuvo que apartar la mirada. Zai la conocía demasiado bien.
La expresión de Zai mostró su arrepentimiento inmediato.
-Lo siento, no he querido sacar a la luz recuerdos dolorosos.
-La mayoría de mis recuerdos de Pedro lo son -repuso Pau.
-Eso nunca es una buena señal en una relación.
-Nunca tuvimos realmente una relación. Yo le enseñé geometría y él me enseñó a hacer el amor en el asiento trasero de un coche.
-Si aquello hubiera sido solo sexo, lo habrías superado ya.
-Muy bien, admito que Pedro fue mi primer amor y sí, hay algo poderoso en el primer amor. Pero ese beso de hoy ha sido solo un despiste momentáneo. De ahora en adelante he decidido ser inmune a los encantos de Pedro.
Zai sonrió.
-A mí nunca se me habría ocurrido meter a Pedro y encanto en la misma frase. No, a no ser que haya cambiado completamente de como era en el instituto. Peligroso, tentador, provocativo, poderoso, todo eso lo admito. ¿Pero encantador? De eso, nada. No lo creo. Suena demasiado suave para Pedro Alfonso. A no ser que se haya pulido un poco con la edad, claro.
-Difícilmente. Es tan poderoso como antes.
-Ah.
-No digas «ah» de nuevo. Nunca dices «ahs» como esos a no ser que quieras decir algo; y normalmente, es algo que no me va a gustar a mí.
-Creo que vas a necesitar una vacuna más fuerte contra Pedro que una charla conmigo mientras nos comemos unas hamburguesas. Creo que vas a necesitar otro hombre. Toma -le dijo Zai y le pasó su teléfono móvil-. Ya es hora de pedir refuerzos. Llama a Maxi.
Pedro trató de llamar a Pau varias veces el domingo por la tarde, pero ella no respondió y no le pareció bien dejarle un mensaje en el contestador.
¿Qué le podía decir? ¿Que lamentaba haberla besado? No lo lamentaba.
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Sigue..
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