Lo que lamentaba era que ella se hubiera marchado tan aprisa. Y que a Alma le hubiera molestado no haberse podido despedir de ella. El que él le dijera que ya la vería en el colegio al día siguiente pareció caer en oídos sordos. También le costó mucho hacer que se durmiera esa noche. Le leyó tres veces el cuento de La Cenicienta, otras dos La Bella Durmiente y terminó leyéndole el Manual de Procedimiento del Cuerpo de Marines con la voz monótona que siempre lo había adormilado a él cuando la usaban sus profesores de instituto.
Recordar el instituto le hizo pensar de nuevo en Pau. No estaba seguro de por qué la había besado. Había sido un impulso. No la había invitado a ir a su casa para eso. O, por lo menos, no lo había hecho solo para eso. Había querido sinceramente que lo ayudara con su hija, y los problemas que estaba teniendo para que Alma se durmiera eran la prueba de que le faltaba mucho por aprender.
Cuando Alma se durmió por fin, él se dirigió al sofá y se puso a leer uno de los libros que ella le había dejado.
Terminó por quedarse dormido en el sofá con el libro en el regazo. Por la mañana, se sorprendió al verse allí a su hora acostumbrada de despertarse, las seis cero, cero. El desayuno fue muy apresurado, pero por suerte, Alma no se dedicó a jugar con sus cereales, como de costumbre. La llevó al colegio justo a tiempo.
-¿Vas a volver? -le preguntó la niña como todos los días.
-Afirmativo. Te recogeré aquí mismo a las diecisiete cero, cero. ¿Entendido?
-Uh, huh -dijo Alma asintiendo.
Luego, corrió a meterse en su clase gritando el nombre de Pau.
Pedro se sintió tentado a quedarse un momento más e ir a ver él también a Pau, pero tenía por delante un día muy ajetreado. Se pasaba los lunes en el Centro de Entrenamiento de Los Grandes Lagos, al norte de Chicago. A pesar de que el Cuerpo de Marines era una rama separada de las Fuerzas Armadas, caía bajo la jurisdicción del Departamento de Marina y al Cuerpo nunca le había gustado demasiado eso.
Después de volver de Bosnia, él había ido a recibir su terapia de recuperación para la herida en ese centro y ahora estaba temporalmente asignado allí como instructor de reclutas unos cuantos días a la semana. Todo era labor de pizarra, nada físico. Y le resultaba frustrante.
Cuatro horas más tarde, había terminado sus clases y estaba sentado en un pupitre de un aula abarrotada, metido de lleno en el papeleo, cuando alguien le dio una palmada en la espalda.
-Nunca pensé que viviría para ver el día en que el gran Alfonso estaría enseñando a calamares, la forma más baja de vida en los mares.
-¡Paz! -exclamó Pedro poniéndose en pie.
Lo hizo de tal modo que se tuvo que agarrar al borde del pupitre para conservar el equilibrio. La herida aún le molestaba bastante.
-¿Qué estás haciendo aquí?
Pedro y Hernan Paz habían ido juntos al mismo campamento de reclutas y eran amigos desde entonces. Hernan era todo lo contrario a él, un tipo que se llevaba bien con todo el mundo y que se había criado en una familia de militares. Tenía el cabello oscuro y los ojos azules, de forma que podía derretir los corazones femeninos sin hacer el menor esfuerzo.
Hernan era también un gran bromista, así que, cuando se sentaron, Pedro se preparó para lo peor.
-¿Qué es lo que has hecho? -le preguntó Pedro suspicazmente.
-¿Yo? -respondió Joe poniendo cara de inocente-. Yo no he hecho nada.
-¿Entonces qué te parece tan gracioso?
-Has tenido una clase con un banco de calamares esta mañana, ¿no? -dijo su amigo llamando a los reclutas de la marina por el sobrenombre despectivo que les daban los marines.
-Sí, por qué.
-¿Y no has notado nada raro? ¿Algunas risitas tal vez?
-¿Por qué? ¿Qué pasa?
-Nada. Si te gustan las caras amarillas sonrientes y las flores gigantes en las suelas de tus zapatos.
-¿Qué?
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SIGUE..
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