-Me han dicho que esas clases le vendrán bien para su destreza manual y motora.
-Sus capacidades motoras están muy bien. Lo que necesita más que nada ahora es amor y seguridad. ¿Cómo han ido las cosas por ahí?
Él se encogió de hombros.
Pedro tenía una fuerza de la naturaleza tal que, a veces, Pau se olvidaba de que, tal vez le pudiera estar haciendo daño.
Lo conocía demasiado bien como para mostrarle su compasión.
-¿Te importa si nos sentamos? Llevo en pie desde temprano, preparando todo esto.
Se dirigieron a un banco del parque, él cojeando más de lo habitual.
-¿Dónde está el Conejo de Pascua? -le preguntó entonces él mirándola suspicazmente-. Porque será mejor que no tengas la más mínima esperanza de que yo me vaya a disfrazar de conejo, ¿verdad?
Ella estaba tratando de no tener la más mínima esperanza en lo que a él se refería, punto. Pero lo cierto era que le estaba costando mucho al verlo tratar de ser un buen padre para su hija. Aunque no lo estuviera haciendo bien, todavía había algo en él que le llegaba directamente al corazón.
-No has respondido a mi pregunta -añadió él-. Te lo voy a decir más claro: No me voy a disfrazar de Conejo de Pascua.
-Nunca se me ocurriría pedirte eso. De verdad que no querría arrugar esa dignidad militar tuya.
La verdad era que él había actuado en muchas obras de caridad de los marines, llevándoles juguetes a los niños desamparados. Después de todo, él había sido uno de ellos, pero nunca se había sentido cómodo rodeado de niños, siempre se había sentido como un elefante en una cacharrería, temiendo siempre el daño que podía causar.
-Yo no me arrugo fácilmente -gruñó él, más por sí mismo que por ella.
Durante los últimos diez años la vida de él había consistido en un movimiento constante de un sitio a otro.
Sus necesidades sexuales las había satisfecho con mujeres que sabían muy bien donde se metían, que querían relaciones sin ataduras.
Pero él ya no era tan libre. Ahora tenía ataduras.
¿Qué pasaría cuando su pierna se recuperara? Y estaba decidido a que se recuperara, por mucho que dijeran los médicos. No se iba a pasar enseñando a reclutas todo el resto de su vida militar. Era un hombre de acción y quería volver con su compañía.
¿Y qué le pasaría a Alma si él volvía a la vida activa? La miró y la vio sonreír a otro niño mientras buscaba huevos. Otros marines tenían hijos. Pero también esposas que los cuidaban cuando ellos estaban de servicio.
Tal vez fuera eso lo que necesitaba. Una esposa. Sí, claro. Como si eso fuera algo que pudiera comprarse en el supermercado.
Tal vez no. Tal vez lo que tenía que hacer era poner su habilidad demostrada en acción como jefe al servicio de esa situación. Había aprendido a improvisar, a adaptarse a todo para llevar a cabo su trabajo. En ese caso su trabajo era criar a Alma.
Una esposa le pondría las cosas más fáciles. Para él y para la niña. A la pequeña le vendría bien un poco de influencia femenina para lo de los besos y la parte emocional.
Seguro que a Pau eso se le daba bien. Y también sería una magnífica madre. Y una mejor esposa, aunque un poco mandona.
Paula su esposa. ¡Vaya una idea!
Agitó la cabeza y tuvo que reírse. De alguna manera, no se la imaginaba a ella estando de acuerdo con sus planes.
Sí, ella lo había besado. Y lo había hecho muy bien. Pero él seguía siendo el chico malo para ella, y ella Paula «El cerebro» para él. ¿Por qué iba a querer tener algo que ver con un simple marine? No era como si él tuviera mucho que ofrecerle.
De ahí en adelante iba a tener que enfrentarse a las cosas de una en una. Por lo menos, durante el próximo mes, mientras recuperaba el uso de su pierna. Después de eso, tendría que ver lo que pasaba.
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SIGUE..
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