-No me lo puedo creer -susurró Paula-. Te has creído que yo aceptaría casarme contigo y que cuidaría de Alma por ti.
Una parte de ella deseó que él lo negara. Deseó que le dijera que la amaba y que se casaría con ella aunque no tuviera una hija.
Pero él no podía hacerlo. La verdad era demasiado evidente. Paula lo vio en la forma en que él apartaba la mirada.
No, él no lo podía negar porque era cierto. La peor de sus pesadillas.
La habían vuelto a utilizar. Era solo un medio para llegar a un fin.
Estaba claro que él no la necesitaba a ella, solo necesitaba una niñera para su hija.
Parpadeó para contener las lágrimas y trató de no mirar a ese hombre, pero no lo logró. Buscaba en su rostro algo de lo que no estaba segura. ¿Arrepentimiento? ¿Amor?
-No me mires así -dijo él.
Esas palabras encendieron su ira.
-No te preocupes. ¡De ahora en adelante no pienso mirarte en absoluto!
-Un momento, ¿a dónde vas?
Pedro fue a agarrarla, pero ella lo evitó.
-A tomar un taxi que me lleve a mi casa. Esto se acabó.
-Si quieres irte a casa, yo te llevaré.
-No, no lo harás.
En ese momento fue él el que se enfadó.
-¿Qué es lo que quieres de mí? Te he regalado tus cosas favoritas y sigue sin ser suficiente. Te estoy ofreciendo a mi hija y sigue sin serlo.
Pero él no le había ofrecido lo único que ella quería por encima de todo lo demás. Amor. Su amor.
-Es cierto -le dijo-. ¡No es bastante! Desde que te quedaste con Alma no paras de decirme que te tomas en serio tus responsabilidades, pero eso es mentira. Solo has querido jugar a ser papá por unas semanas. Ahora te estás encontrando mejor y ya estás buscando más excitación en tu vida. Ya quieres irte por ahí de nuevo. Nunca te ha importado cómo le pueda afectar a Alma. Y no me digas que ese es tu trabajo, o que te reclaman. Ya que no son los marines los que te están llamando para que vuelvas al servicio activo, ¿verdad? No, eres tú. Es algo dentro de ti que te hace salir corriendo cuando las cosas amenazan con afectarte demasiado. Cuando la cosa se pone demasiado emocional. Porque Dios no permita que el malo y gran marine tenga un corazón, que un guerrero pueda llorar.
-Un guerrero no llora nunca -dijo él firmemente.
-No, solo hace llorar a otros.
Paula se alejó entonces sin mirar atrás.
-He traído chocolate -dijo Zaira cuando entró en casa de Paula una hora más tarde.
Paula la abrazó.
-Gracias por venir enseguida.
-¿Estás de broma? ¿Para qué están las amigas? Tú has hecho lo mismo por mí. ¿Sabes? No puedo evitar pensar que parte de esto es culpa mía. Debería haberte recomendado que te pusieras un hábito de monja o algo así, en vez de ese vestido tan sexy.
-No hubiera importado lo que llevara. No me puedo creer que haya caído de esa manera. He sido una estúpida, ¿no?
-No eres estúpida -le dijo Zai cuando entraron en el salón-. Estás enamorada. Es cierto que a veces es lo mismo, pero no es culpa tuya. No puedes elegir de quién te enamoras.
-No veo por qué no.
De camino al sofá, Paula tomó unos pañuelos de papel para enjugarse las lágrimas.
-La verdad es que yo tampoco. Solo sé que en la vida no parece ser así siempre.
Una vez instaladas, Paula tomó un bombón de la caja.
-Mmm, chocolate con crema de limón dentro.
-No me puedo creer que Pedro haya tenido el valor de decirte que quiere que tú cuides de Alma mientras él vuelve al servicio activo.
-Es más listo que eso. No creo que pretendiera decirme que estaba tratando de volver al servicio activo. Se le escapó. Fui una tonta al creer que él me podía amar.
-Y él es un tonto por no amarte.
-No estoy segura de que Pedro sepa amar. No estoy segura de que se permita amar.
-Entonces, él se lo pierde.
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