-Lamento llegar tarde. Alma ha tardado mucho en vestirse para que la dejara en casa de la niñera. No nos hemos podido ir hasta que no ha encontrado sus zapatos de charol negros. No ha querido ponerse otros. Luego, ha tenido que ponerle unos zapatos iguales a su oso de peluche. Pensé que no íbamos a salir nunca de casa.
Pedro la vio mirando su uniforme y esperó que ella no pensara que estaba siendo pretencioso por ponérselo. La verdad era que no tenía ningún traje. Nunca había tenido necesidad de uno. Y, dado que el restaurante al que iban a ir esa noche era de los de chaqueta y corbata, o iba de uniforme de gala o nada.
Entonces se sobrepuso a su propio nerviosismo lo suficiente como para darse cuenta de lo que llevaba ella. No podía quitar los ojos de Paula. Ese vestido negro se pegaba a sus curvas como la mano de un amante. Y sus piernas… Esperó no marearse. Eran unas piernas eternas. Se quedó sin habla.
-Hum -dijo Paula humedeciéndose los labios nerviosamente-. Yo estoy lista.
-Yo también -logró decir él-. Estoy listo para esto.
La hizo levantar la barbilla y rozó los labios contra los de ella. Sabía tan bien como parecía. La verdad era que había pretendido darle un beso rápido de bienvenida, pero sus buenas intenciones volaron cuando ella respondió.
Paula le acarició la barbilla, saboreando la sensación de su cálida piel contra los dedos. No se pudo creer lo perfecto que fue el beso, lo delicioso que era saber que él la deseaba. Parecía saber exactamente cómo agradarla, dónde tocarla, cuándo profundizar la presión de su boca sobre la de ella, cuándo añadir un tentador empujón de su lengua.
En sus brazos, ella se transformó en una persona distinta, en alguien capaz de levantar la pasión de un hombre atractivo y poderoso como Pedro. Ya no era la insegura adolescente que nunca había experimentado el amor. En vez de eso, era una mujer que confiaba en su atractivo y en su propia femineidad.
Entonces le gruñó el estómago. No era un sonido muy romántico y la sorprendió tanto que se apartó y lo miró avergonzada.
-Lo siento. No he almorzado…
Aquello era demasiado hasta para una mujer confiada en su atractivo y vestida para matar.
-No te avergüences -murmuró él.
Le tomó la mano y se la llevó a los labios.
-Yo también tengo hambre -añadió.
La forma en que la miró le indicó que tenía hambre de ella, no de comida.
Tomó su chaqueta y le dijo:
-Mejor nos vamos ya.
-Afirmativo.
Durante el trayecto estuvieron hablando, pero Paula fue luego incapaz de recordar de qué. Una vez dentro del ascensor que los llevaría al piso noventa y cinco del edificio, se agarró a Pedro más por estar junto a él que porque temiera por su seguridad.
Era una noche clara y la vista desde la mesa donde los instalaron era impresionante. Casi tanto como Pedro con su uniforme azul. Había visto como lo miraban las demás mujeres presentes, pero esa noche él era todo suyo.
Darse cuenta de eso le puso difícil concentrarse en otra cosa que no fuera Pedro. Ni siquiera se dio cuenta de lo que comían.
El postre fue una decadente mousse de chocolate, pero no tan decadente como el beso que habían compartido en su casa. La estaba tratando como si ella fuera una mujer a la que deseara realmente, una mujer especial para él.
La perfecta velada continuó cuando volvieron al exterior. No había brisa del lago esa noche para enfriar el ambiente, así que las calles estaban llenas de gente disfrutando de esa inusualmente cálida noche de abril.
Cuando cruzaron Michigan Avenue, donde Pedro había aparcado, pasaron por la histórica Water Tower de Chicago y la hilera de carruajes que esperaban allí a los turistas.
Paula se rió y le confesó:
-Cuando yo era niña, solía imaginarme que alguna de las calabazas de Halloween se transformaría en la carroza de Cenicienta, con sus correspondientes caballos blancos.
-Allí hay un caballo blanco -dijo él señalándole uno-. ¿Le importaría acompañarme a un paseo en calesa, señora?
-No he querido decir que… No estaba buscando que me invitaras.
El le puso el dedo índice en los labios para hacerla callar.
-¿Sí o no?
Él sonrió como si le gustara que ella le dijera que sí, como si quisiera que lo dijera más a menudo.
Justo cuando estaban ya en la calesa, saltó la brisa del lago, haciendo que la temperatura bajara, así que ella se apretó contra Pedro para calentarse.
Él la hacía sentirse muy segura y protegida. La hacía creer que los cuentos de hadas podían hacerse realidad.
Seguramente aquello era el paraíso.
Ni en sus sueños más alocados podía haberse imaginado dar un romántico paseo en calesa con Pedro.
El cochero se tuvo que aclarar varias veces la garganta para que se dieran cuenta de que el paseo había terminado.
Pedro salió el primero y le ofreció la mano. Ella se sintió de nuevo impresionada por lo poderoso que parecía.
-¿Sabes? -le dijo-. Esta noche, todas las mujeres del restaurante te estaban mirando.
-Seguramente se estarían preguntando por qué estabas cenando con un marine herido.
-¿Te molesta la cojera? -le preguntó ella.
-¿Y a ti?
Ella le acarició la mejilla.
-Solo por el daño que ha tenido que hacerte. Por ninguna otra razón.
-Va mejorando. Mucho más de lo que se esperaban los médicos. He estado haciendo el doble de la terapia física para poder volver…
Pedro se calló como si ya hubiera dicho demasiado.
-¿Volver?
La mano de ella cayó a su costado como si fuera de piedra.
-No te estarás refiriendo a volver al servicio activo, ¿verdad?
Los muy controlados rasgos de él no indicaron nada, pero aún así, ella pudo leer algo en sus ojos, como si no supiera qué decir.
Ella levantó la voz según la invadió el pánico.
-¡No me mientas! Es eso, ¿no? Realmente te estás preparando para volver al servicio activo.
-Es mi trabajo.
-¿Y quién te crees que va a cuidar de Alma mientras tú estás jugando a hacer el marine?
Pedro no tuvo que darle una respuesta verbal. Paula podía ver esa respuesta en su rostro. Era una respuesta que le dolió más a cada latido de su corazón.
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siguee..
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