Pedro se encogió de hombros.
-Las situaciones de crisis son ocasiones en las que cualquiera puede resultar herido. Tú solo trabajas para asegurarte de que no sea alguno de los que tienes bajo tu mando.
-O tú mismo -dijo ella-. A no ser que me estés diciendo que pones el bienestar de tu tropa por encima del tuyo propio.
-Los marines no son tropa -dijo él como si lo hubiera insultado-. Somos marines.
-Muy bien.
Ese hombre era tan susceptible como un erizo. Aunque seguro que a un marine no le gustaría ser comparado con un erizo. Así que era tan susceptible como… una granada de fragmentación.
-Pero no has respondido a mi pregunta.
-Como su jefe al mando, es mi trabajo asegurarme de que salen vivos de donde sea y, para conseguirlo, yo tengo que seguir vivo.
-¿Y si alguien comete un error?
-Errar es humano, perdonar es divino. De todas formas, ninguna de las dos cosas es política del cuerpo de marines.
-Y es por eso por lo que la política del cuerpo de marines no se puede aplicar a ser padre.
-No veo por qué no se puede adaptar a eso.
-Porque te arriesgas a cometer errores y lo mejor que puedes hacer es aprender de ellos.
Pedro asintió.
-Como las pegatinas.
-¿Perdón?
-Que he aprendido a no darle pegatinas -dijo él señalando a Alma, que estaba muy ocupada pintando en un papel con unos lápices que le había dado Emily-. Ella tiene tendencia a ponerlas por todas mis cosas. Incluso me puso unas en las suelas de los zapatos. Pero ya sabe que no tiene que volverlo a hacer.
-¡Mira, papá! ¡Mira lo que he hecho! -dijo Alma agitando el dibujo que había hecho y casi tirando el vaso de agua.
-Ten cuidado, pequeña -dijo él, pero ya sin el tono de sargento mayor del principio-. Vamos a ver lo que tienes aquí.
Luego inclinó la cabeza cerca de la de su hija para ver mejor el dibujo.
-Soy yo -dijo la niña señalándole la menor de las figuras-. Papá y Paula.
-Hacemos buena pareja -le dijo él a Paula cuando le enseñó el dibujo.
-¿Sabéis ya lo que vais a pedir? -les preguntó entonces Emily.
Después de pedir, Pedro dejó que Alma le contara lo que estaba dibujando, que tenía que ver con el Conejo de Pascua y G.I. Joe, mientras Paula se contentaba con observarlos. Le producía placer ver cómo Pedro se llevaba bien con su hija.
Bueno, le producía placer ver a Pedro, punto. Pero también le gustaba ver que estaba mejorando tanto como padre. Por supuesto, aún no se pudo resistir a darle a Alma un par de instrucciones sobre cómo mejoraría su técnica de dibujo, pero cuando la niña no le hizo caso, él la dejó hacer lo que quisiera.
Cuando llegó la comida, dejaron de hablar para concentrarse en sus hamburguesas.
-Mmm -murmuró Pedro.
-No hables con la boca llena -le regañó Alma.
-Mmm -respondió él cerrando los ojos con cara de placer.
Alma le quitó una patata, pero se quemó.
-¡Ay!
Los ojos se le llenaron de lágrimas, que le rodaron inmediatamente por las mejillas.
Pedro abrió los ojos inmediatamente y la miró preocupado.
-¿Qué te ha pasado?
-Toma, Alma, bebe un poco de agua -dijo Paula.
La niña lo hizo y entonces Paula respondió a la pregunta de Pedro.
-Ha tomado una de tus patatas y se ha quemado la boca. Está bien, querida, ahora se te pasará.
Pedro vio sorprendido y aliviado como desaparecían las lágrimas. Había cerrado los ojos solo un momento y la niña se había hecho daño. Sintió la misma sensación de culpa de la primera semana, cuando Alma se había acostado con los zapatos puestos. ¿Qué le había hecho creer que conseguiría ser un buen padre? Justo cuando creía que estaba progresando, sucedía algo que lo devolvía a la realidad y le demostraba de nuevo que no era nada bueno como padre.
Pero un marine nunca se rinde. Así que tenía que reagruparse, aprender desde donde había fallado y volver a intentarlo.
Una cosa que sí había aprendido era lo buena que era Paula con Alma.
-Se te dan bien los niños -le dijo
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Sigueeeee....
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