-Yo siempre seré tu amiga y, si me necesitas, te ayudaré. Siempre habrá alguien que cuide de ti. Cuando tu padre esté trabajando, Lisa, Tawanna y yo cuidaremos de ti.
-Quiero que mi papá y tú cuidéis de mí.
Paula asintió.
-Está bien.
Alma sonrió satisfecha por la respuesta de Paula y se fue con su amiga Ana.
Paula la observó y deseó que a ella le resultara igual de fácil tranquilizar sus propios miedos.
Más tarde, ese mismo día, Alma estaba dibujando tres figuras.
-Mi familia -le dijo orgullosamente a Paula cuando se las mostró-. Papá, tú y yo.
Esta vez el dolor pilló por sorpresa a Pau. Lo mismo que la intensidad con la que quiso que fuera realidad lo que esa niña de tres años había representado, una familia, una familia que la amara.
Tan pronto como acostó a Alma esa noche, Pedro llamó a los refuerzos. A Tawanna.
-Ya has tardado -le dijo ella.
-Bueno, no sé lo que te ha dicho Paula…
-Nada. Pero aunque lo hubiera hecho, yo no voy por ahí contando las confidencias que me hacen.
-Y yo no te pediría que lo hicieras. Solo estoy pidiendo consejo.
-Eso muestra que tienes sentido común.
-Gracias.
-Recuerda que un poco de romance nunca viene mal. Yo salí una vez con un soldado. Del ejército de tierra.
Pedro parpadeó, pero no la corrigió diciéndole que un marine no era un soldado. Él era un marine.
-Él era… demasiado práctico. No tenía nada de alma, ¿entiendes?
-La verdad es que no.
-Tienes que hacer que Pau vea lo importante que es para ti. Tan importante como, digamos, los marines. ¿Crees que lo puedes hacer?
Pedro pensó que eso debía entrar en la parte de adaptarse de su lema. No era que Paula no fuera importante para él, porque sí que lo era. Pero nada había jugado hasta entonces un papel tan importante en su vida como el Cuerpo de Marines de los Estados Unidos. Era marine desde hacía doce años. Solo llevaba un mes siendo padre. Y solo llevaba una semana queriendo ser marido. Pero si quería cumplir su misión, iba a tener que actuar según la información que le estaban dando.
-Lo puedo hacer -declaró sin la menor duda.
La noche siguiente, Pedro llamó a Paula.
La excusa fue que Alma tenía algo parecido a chicle en el pelo.
-¿Puedes venir a ayudarme? -le preguntó.
-No es necesario. Te puedo decir lo que tienes que hacer desde aquí mismo.
-Solo he logrado empeorarlo con cada cosa que he intentado.
-Si esto es solo una excusa para que vaya a tu casa, lo vas a lamentar de verdad -le advirtió ella.
-¿Vas a venir?
-Muy bien. Pero no me voy a quedar más tiempo del necesario.
Lo cierto fue que, cuando Paula vio lo que tenía Almita en el pelo, se sintió mal por sospechar de Pedro.
-Necesito tijeras y un cubito de hielo -le dijo a Pedro y luego se dirigió a Alma-. No te preocupes, esto lo vamos a solucionar enseguida.
Pedro le dio lo que pedía y le dijo:
-Os dejo solas.
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SIGUE..MARATON!♥
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