Ella se encogió de hombros.
-Es mi trabajo.
-Es más que un trabajo.
Sus miradas se encontraron. No se dijeron nada, pero compartieron algo especial. Ese intercambio visual le hizo algo al metabolismo de ella, haciendo que el corazón le latiera más deprisa, haciendo que… lo deseara.
Entonces, el tenedor de Alma cayó al suelo y los sacó de su ensimismamiento.
-¿Te sigue doliendo la boca? -le preguntó ella a la niña.
Alma asintió, Pedro pidió helado de postre, y la niña preguntó señalando una foto con unos gatos que decoraba el local:
-¿Por qué los gatitos maúllan y nosotros no?
-Porque no somos gatos -respondió Paula.
Alma asintió como satisfecha con la respuesta. Luego, apoyó repentinamente la cabeza en el hombro de Paula y dijo sonriendo:
-Te quiero.
No era esa la primera vez que uno de sus alumnos le decía eso. Ella también los quería a todos, pero lograba mantener una cierta distancia emocional. Pero eso nunca le había resultado tan difícil como con Alma.
Y no era solo porque fuera la hija de Pedro, ni porque hubiera perdido a su madre tan trágicamente. No, era solo por Alma.
-Yo también te quiero a ti -le dijo acariciándole la cabeza.
En el momento en que llegó el helado, Alma le dedicó toda su atención, pero a Paula no le resultó tan fácil olvidarse de sus propias emociones turbulentas.
Después de pagar, Pedro le puso de nuevo el impermeable amarillo a su hija, que parecía cansada y con sueño.
Cuando estuvieron fuera del restaurante, Pedro se ofreció para acompañar a casa a Paula.
-No, gracias -respondió ella rápidamente-. Solo vivo a unas manzanas de aquí y Alma se está durmiendo.
Como vio que la niña estaba apoyada en el hombro de su padre, que la tenía en brazos, añadió en voz baja:
-De hecho, creo que ya se ha dormido.
Pedro y su hija la estaban afectando.
Y ya era demasiado tarde para protegerse. Demasiado tarde para decirse a sí misma que debería haber mantenido la distancia. Lo único que podía hacer ahora era rogar para ser lo suficientemente fuerte como para poder despedirse de ellos cuando llegara el momento de que se tuvieran que marchar.
Pedro se estaba mirando al espejo del cuarto de baño mientras se preguntaba por qué le costaba tanto tomar el teléfono y llamar a Paula.
Por fin se decidió, fue al dormitorio y tomó su teléfono móvil.
Ella respondió a la cuarta llamada.
-¿Diga?
-¿Estás bien? -le preguntó él-. Pareces sin respiración.
-Es que acabo de salir de la ducha.
Las rodillas le fallaron a Pedro y se tuvo que sentar en la cama al imaginársela desnuda.
Entonces surgió en su mente una imagen de una Paula más joven, con el cabello cayéndole sobre los hombros desnudos, situada sobre él en la semioscuridad. Recordó su sonrisa tímida mientras le acariciaba el pecho, sus pezones expuestos a la vista entre los sedosos mechones de cabello mientras se movía…
Gimió. Le parecía tan real, como si fuera un recuerdo de verdad.
-¿Te pasa algo? -le preguntó ella-. ¿Es Alma? ¿Le pasa algo a ella?
-No.
Era él quien estaba a punto de tener un ataque al corazón.
-No, Alma está bien. Está bailando.
-¿Y me has llamado para decirme que está bailando?
-Bueno, en una clase de baile para niños. Va a actuar este domingo por la tarde, suponiendo que le pueda conseguir ese estúpido vestido. ¿Tienes idea de lo difícil que es ponerle las mallas a una niña?
-Sí, la verdad es que sí.
-Bueno, pues yo no lo sabía. Los sistemas de armas avanzadas requieren menos maniobras. Y son mucho más rápidos de manejar.
-¿Así que quieres que vaya a ayudarte a vestir a Alma?
-Negativo. Eso lo puedo hacer yo.
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Sigueeeeeee...
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