No importaba lo que ella dijera, para Pedro era como si la historia se repitiera. Él complicando las cosas. Se sintió como si tuviera quince años de nuevo y fuera un notable buscalíos al que ya le habían advertido que no terminaría bien. Había tenido sexo con Paula estando borracho. Y, a pesar de lo que ella decía de que no la había obligado, dudaba que aquello hubiera sido idea de ella. No, había sido él quien había empezado y luego había desaparecido. ¿Y si ella se hubiera quedado embarazada?
El hecho de que él no recordara los detalles no era excusa. Sí había sabido que habían estado juntos, aunque no cuánto. Cuando volvió del campamento, la había evitado. En eso ella tenía razón. No había querido enfrentarse con lo que pudiera haber pasado. Así que lo había dejado a un lado, y a ella también.
Aquello no tenía nada de honorable.
Pero eso había sido hacía doce años. Ahora tenía una segunda oportunidad de hacer lo correcto. Podía casarse con ella.
Llevaba ya una temporada pensándolo, pero el hecho de no tener nada que ofrecerle lo había desanimado. Pero ahora que sabía de su incapacidad para tener hijos, tenía algo que ofrecerle. O alguien. A Alma.
Sabía lo mucho que Paula quería a su hija. Lo podía ver cada vez que estaban juntas.
Sería la solución perfecta. Tanto para él como para Paula. Y no era que la encontrara precisamente físicamente repulsiva. Todo lo contrario. La atracción seguía entre ellos. Ese beso que habían compartido lo demostraba. Y él la había pillado una o dos veces mirándolo como miran las mujeres cuando un hombre les interesa.
Ya era hora de poner las cosas en movimiento. Así que lo dijo:
-Cásate conmigo.
Ella lo miró como si se hubiera vuelto loco. Tal vez debiera habérselo trabajado un poco más en vez de soltárselo así. A las mujeres les gustaban las palabras floreadas. Y a él no se le daba muy bien eso.
-¿Estás loco? -respondió ella.
Esa no era precisamente la respuesta que él quería, pero no quiso descorazonarse.
-No, no lo estoy.
-¿Por qué te quieres casar conmigo entonces?
En su mente apareció un cartel de: Peligro, minas. Trató de encontrar una respuesta que no disparara la ira de ella.
-¿Y por qué no iba a querer casarme contigo?
No era la réplica más brillante. Lo único que había logrado era un poco más de tiempo. Y ella parecía como si también lo supiera.
-Eres una mujer atractiva, sexy, e inteligente -añadió él-. Hemos compartido un pasado. También una poderosa atracción. ¿O es que lo vas a negar?
Él esperó que lo hiciera, para poder besarla y demostrarle lo contrario. Así ella se desharía en sus brazos y aceptaría su propuesta. Hey, podía suceder, ¿no?
Ella cayó en la trampa, pero no como Pedro había pensado.
-¿Química? Solo nos hemos besado una vez…
-Eso lo puedo remediar -murmuró él.
La besó con un cariño tal como para asegurarle que estaban hechos el uno para el otro, que no tenía ninguna razón para temerle. Mantuvo contenida su pasión y fue profundizando lentamente la presión de sus labios contra los de ella, invitándola a participar, pero no exigiéndoselo.
Ella se había esperado un acercamiento más fuerte, así que la sorprendió su cariño. Estaba claro que ese beso se profundizaría solo si ella lo permitía. Pensar en tener tanto poder sobre él se le subió a la cabeza. Era ella la que controlaba ese beso. Cerró los párpados y dejó que él la siguiera convenciendo con la boca. La lengua de él le trazó los labios, prometiendo en vez de conquistando. Pero al final, ella fue incapaz de resistir la intoxicante potencia de ese beso. Le rodeó el cuello con los brazos, entreabrió los labios y permitió que él saboreara su respuesta.
Cuando ella hizo eso, la boca de él atrapó por completo la suya. El cuerpo de ella estaba ardiendo cuando la apretó contra el suyo y le deslizó las manos bajo la camiseta. Le soltó el sujetador y le abarcó un seno con la mano, acariciándole el pezón con el pulgar.
Ella gimió de placer mientras seguían besándose y sus lenguas se encontraron. El abrazo se hizo cada vez más íntimo. Los botones del uniforme de él se apretaban contra los senos desnudos de ella.
Gradualmente, el timbre que estaba oyendo sin darse cuenta, creció de intensidad. Pero ahora alguien estaba gritando en la puerta.
-¡Su pizza!
Entonces Paula se dio cuenta de lo que estaba pasando. Se soltó del abrazo de Pedro y se llevó los dedos temblorosos a los labios. ¿En qué había estado pensando?
-Voy en un segundo -le gritó al repartidor que esperaba fuera. Le dio la espalda a Pedro y se abrochó de nuevo el sujetador. Necesitó dos intentos, pero lo logró y también tomó el dinero.
-Una pizza hawaiana mediana con extra de jamón y piña -dijo el chico cuando se la dio.
Ella la pagó, le dio una buena propina y se la llevó a la cocina mientras Pedro le decía:
-¿Piña y jamón en una pizza?
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SIGUE..MARATON!♥
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