Colgó el auricular con mano temblorosa. Cualquiera con un poco de sentido común se habría asustado. Sin embargo, el sentido común parecía haberla abandonado hacia veinticuatro horas. Respiró profundamente para tratar de calmarse. En aquellos momentos se sentía tan enfadada como para escupir clavos.
Pedro silbó un tanto desafinado mientras bajaba las escaleras. Los niños estaban dormidos. Por fin. Menudo día... el viajecito al colegio con los niños y Pau, la multa, la bronca de Nan, los deberes con Thiago, el baño, acostarlos... Solo era el segundo día y ya volvía estar agotado. Pero no tanto como para no ver la liguilla final de béisbol en la gran pantalla de televisión que había en la casa. Podía ver el partido mientras esperaba a que Pau y Gladys se retiraran. No quería tener que explicar a ninguna de ellas su presencia en el despacho de Cheltham.
Abrió la nevera y sacó una cerveza. Luego sacó otra por si acaso. Una vez sentado, no quería tener que volver a levantarse.
Oyó la televisión antes de abrir la puerta del cuarto de estar, pero de todos modos le sorprendió encontrar a Pau repantingada en el sofá de cuero. Se detuvo en el umbral. Ella estaba tan concentrada en el partido que no se fijó en él. Tenía los pies apoyados en la mesa de café y estaba comiendo palomitas con la intensidad con la que un lanzador miraría al bateador.
De pronto, y sin saber por qué, se sintió incómodo.
Quizá porque no esperaba encontrarla allí. Se aclaró la garganta.
—¿Te importa si yo también veo el partido?
Los ojos verdes de Pau reflejaron sorpresa, cautela, y tal vez un destello de placer, antes de que recuperara la compostura.
—Claro que no. Toma palomitas. Siempre hago más de la cuenta.
Pedro ocupó el otro extremo del sofá y le alcanzó una de las latas que llevaba.
—¿Quieres una cerveza?
—Claro, ¿por qué no? Gracias —Pau tomó la lata—. Creía que estarías dormido.
—Creía que estarías dormida.
Hablaron al unísono. Pau rió y sus ojos brillaron.
—Suponía que los niños habrían vuelto a agotarte.
Pedro apenas se fijó en lo que había dicho. Pau parecía distinta aquella noche. Más relajada. Tenía una boquita muy sexy. Su labio superior era un poco más ancho que el inferior y le confería un ligero aire de petulancia.
—Oh, sí. Los niños. Es cierto que me han agotado —señaló la pantalla—. Pero no quería perderme el partido.
Pau asintió.
—Te comprendo. Creo que ahora mismo podría dormirme de pie si no estuvieran jugando las eliminatorias.
Había hablado como una auténtica aficionada. ¿Quién lo habría imaginado? Pau Chaves, una mujer a la que Pedro había calificado inicialmente como anodina, ya no se lo parecía en absoluto.
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