—Buenos días, corazones. ¿Queréis meteros en la cama conmigo?
Las niñas gritaron alborozadas y treparon de inmediato a la cama.
Pau nunca había pensado lo afortunada que era su hermana por despertar cada mañana viendo aquellas deliciosas caritas.
Cada niña se acurrucó contra uno de sus costados.
—Gladys ha dicho que estabas extinguida.
Pau rió y besó la oscura cabecita de Mili.
—Creo que has heredado el instinto para el vocabulario de tu madre.
—Exahusta, granujilla. He dicho que tu tía Pau estaba exhausta —Gladys estaba de pie en el umbral del dormitorio—. Si estáis listas, el señor Pedro os espera en el cuarto de juegos.
Mili y Cami salieron de la cama a toda velocidad y corrieron en busca de su niñero.
—¿Te sientes mejor después de una buena noche de sueño?
El cerebro de Pau comenzó a funcionar cuando se irguió en la cama.
—¿Cómo he llegado aquí? Lo último que recuerdo es que estaba viendo el partido.
—Te trajo a la cama el príncipe azul.
Pau volvió a dejarse caer sobre el colchón, mortificada.
—Dime que estás bromeando, por favor.
Gladys alzó una mano con el dedo índice y el medio unidos.
—Palabra de boy scout.
Pau apretó los ojos y pellizcó el puente de su nariz.
—Probablemente se habrá dañado la espalda para siempre. Peso una tonelada.
—No seas tonta. Solo pesas media tonelada. Y solo le oí gruñir un par de veces.
Paula suspiró.
—Podría haber sido peor. Pedro podría haber sufrido un caso severo de rozaduras si no me hubiera depilado las piernas ayer. Pero debería haberme dejado en el sofá.
—Se negó a hacerlo.
En lo referente a hombres, sexo y comida, Pau no se fiaba de su abuela en lo más mínimo.
—¿Qué hacías tú en el cuarto de estar?
—Oí que la televisión estaba encendida y pasé a darte las buenas noches, cosa por la que deberías estarme muy agradecida —Gladys hizo una pausa para realzar el efecto dramático—. Los dos estabais dormidos como troncos.
—Dime la verdad, abuela; ¿tenía la boca abierta? ¿Estaba babeando?
Gladys rió.
—Deberías haber estado babeando. Tenías el rostro enterrado en medio de la entrepierna de Pedro.
«No seas tan cuadriculada», había dicho su abuela.
Pau decidió darle un poco de su propia medicina.
—De manera que me quedé dormida durante lo mejor de la noche; la entrepierna de Pedro y el final del partido —al parecer, había logrado escandalizar a su escandalosa abuela—. Cierra la boca, Gladys. Pareces una trucha.
Gladys cerró la boca, pero la abrió al instante para decir:
—No hay duda de que esta mañana estás llena de sorpresas.
Pau miró el reloj de la mesilla de noche. Las nueve y media. Nunca solía dormir más allá de las seis.
—He dormido mucho.
—Sí. Más de lo que crees —Gladys se detuvo un momento antes de salir de la habitación—. Me alegra que empieces a espabilarte.
Pau se enorgullecía de ser una mujer bastante inteligente. Captó el mensaje de su abuela con toda claridad. ¿Llevaría dormida todos aquellos años? ¿Sería esa la causa de su insatisfacción general con la vida?
Gladys cerró la puerta a sus espaldas. Pau tomó la revista que le había dejado el día anterior. Tomaría notas.
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Sigueeee 2/3
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