—En ningún momento he deseado tocarla como te estoy tocando a ti —el calor de la piel de Pau vibró bajo sus dedos. Empezó a trazar círculos con los pulgares sobre la parte inferior de su sujetador—. No quería descubrir cómo sabía, ni memorizar su aroma—No buscaba un rápido revolcón, ni una simple liberación de la necesidad sexual que lo atenazaba. Eso podría haberlo obtenido con Jazmin Gonzales. Había recibido con toda claridad el mensaje que ella le había transmitido bajo la mesa, apoyando la mano sobre su muslo. Jazmin habría supuesto menos complicaciones y, sin duda, habría pasado un buen rato con ella. Pero él deseaba a Pau.
Aquello podría resultar complicado, e incluso poco ético.
Había reconocido la caja de Pandora, pero estaba deseando abrirla.
Retiró las manos de la cintura de Pau y las cruzó sobre su estómago.
—He vuelto porque es a ti a quien deseo.
Una seductora sonrisa curvó los labios de Pau.
—Gladys va a estar fuera toda la noche... o, al menos, gran parte de ella —Pau se levantó del regazo de Pedro y se puso en pie frente a él. Tomó el monitor de la mesa—. Los niños están dormidos.
—¿Tu cuarto o el mío?
—Ninguno.
—¿Entonces?
—Ya verás —Pau avanzó hacia la puerta.
Pedro se puso en pie con intención de seguirla, pero se quedó petrificado en el sitio contemplando el balanceo de sus caderas. Pau se volvió en el umbral y alargó la mano hacia él.
—¿Vienes o no?
¡Desde luego que iba! Pedro trató de avanzar con naturalidad, pero caminar en su estado suponía todo un reto. Ella rió, dando a entender que sabía el aprieto en que se encontraba. Él sonrió y bajó la mirada hacia sus tensos pantalones. Si Pau era el premio, estaba dispuesto a arrastrarse para conseguirlo.
Pau condujo a Pedro por el sendero del jardín.
Llevaba un edredón bajo un brazo y en una mano el monitor. Con la otra sostenía la de Pedro.
Reservar unas vacaciones en Jamaica era lo más que se había acercado nunca Dul a un acto impulsivo. La palabra «audacia» no estaba en su vocabulario. De manera que si iba a descubrirla en aquellos momentos, lo haría a lo grande. Aquella no era la verdadera Pau Chaves sino la fantasía que había buscado.
Ninguno de los dos habló. La calidez de la noche sureña los envolvía. Un coro de grillos y el ocasional croar de una rana de San Antonio les ofrecían una serenata. El cielo estaba cuajado de estrellas y una luna creciente asomaba por un costado.
El sendero acababa en una glorieta rodeada de robles.
Subieron los dos peldaños que llevaban a la aislada glorieta y entraron en su mundo de fantasía.
Pedro tomó el monitor de la mano de Dul y lo dejó junto a la entrada. Ella extendió el edredón sobre el suelo de tablones. Luego se irguió y se volvió hacia él, más sensualmente consciente de sí misma de lo que nunca lo había estado.
—¿Sabes lo que quiero? —Pedro se apoyó contra uno de los árboles con las manos metidas en los bolsillos.
--------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
Sigueee---->>>
No hay comentarios:
Publicar un comentario