Un escalofrío de excitación recorrió a Pau. Se sintió como alguien con vértigo mirando por el borde de un precipicio. Solo que estaba mucho más excitada que asustada, y bastante maravillada de su propio atrevimiento. Y anhelando seguir adelante.
—Pon tu precio.
El bateador salió a la cancha.
—Déjame pensar en ello —contestó Pedro.
¿Que le dejara pensar en ello? ¿Qué tenía que pensar?
Sabía el pago que le iba a exigir. Utilizaba la deducción y el razonamiento a diario. Le iba a pedir un beso.
El lanzador echó atrás el brazo y soltó la pelota. El juego empezó.
La intensidad de lo que estaba sucediendo en la pantalla no podía compararse con la que había entre ellos. Con cada manga, la tensión de Pau subía y subía. Cada vez que se movía en el asiento, que cruzaba las piernas, que daba un trago a su bebida, sentía el calor de la mirada de Pedro en ella. Y sentía la respuesta de su propio cuerpo.
Ninguno de los dos dijo nada.
En su mente, Pau ya había besado a Pedro.
Muchas veces. De muchas formas. Había deslizado los labios por la cuadrada línea de su mandíbula, había mordisqueado su firme labio inferior, incluso había deslizado la lengua por el dragón que residía en la fuerte superficie de su estómago.
El sentimiento de anticipación hizo que una cálida humedad rezumara entre sus muslos y que sus pezones se endurecieran.
El juego había terminado. El deseo había salido hacía un rato por la puerta. Jo «necesitaba» rascarse aquel picor. Se volvió hacia él.
Pedro deslizó un brazo por el respaldo del sofá hasta que sus dedos rozaron el de ella. El leve contacto sobresaltó los ya alertados sentidos de Pau.
—Ya sé lo que quiero —susurró él con voz grave.
Bien. Ella también.
—Pon tu precio.
La distancia entre ellos se redujo mientras se acercaban el uno al otro, movidos por una atracción que Pau no deseaba en especial, pero que no parecía poder controlar.
Pedro le acarició con delicadeza el cuello. Ella se estremeció.
—Quiero que me digas lo que he oído durante la cena.
Pau creía estar tan segura de lo que le iba a pedir que no creyó haber escuchado bien.
—¿Qué?
—Quiero que vuelvas a hacerme esa invitación para bailar —Pedro deslizó un dedo por los labios de Pau—. Quiero ver tu rostro y sentir mi nombre contra tus labios cuando lo digas.
Ella lamió instintivamente el dedo de Pedro con la punta de su lengua. Él se estremeció en respuesta.
—Dilo. Ahora —la animó con voz ronca.
—Pedro, ¿qué te parece si practicamos un poco el baile de colchón? —Pau no se sintió ridicula tras pronunciar la invitación. Se sintió femenina y sexualmente deseable, sobre todo al ver cómo se oscurecía la mirada de Pedro.
Capturó su dedo y lo tomó en su boca para saborearlo y sentir su textura. El cerró los ojos y gimió.
—Cariño, me estás matando.
Aún no había visto nada. Pau liberó su dedo con una traviesa sonrisa.
—Y yo que quería hacerlo bien...
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Siguueeeeee -------------->>> 3/4
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