Pedro se dejó caer en el sillón de su cuarto. Estaba muy cansado.
Cuidar de los niños y de Pau a la vez que seguía con la investigación había resultado agotador. Por fortuna, no había caído con la gripe.
Marcó el número de teléfono de la casa de Nan en su móvil. Quería que su jefe supiera que había logrado algunos avances en el caso.
—¿Sí? —ladró Nan al otro lado de la linea.
—Eres agradable incluso estando en casa, Nan. Me alegra comprobar que eres tan coherente.
—Espero que tengas alguna noticia que darme y que no hayas llamado solo para charlar, Alfsonso.
—Hoy he echado un vistazo a los registros financieros de Cheltham mientras la secretaria salía a comer.
También he visto su agenda y la de los portes de su empresa. Es indudable que hay una relación entre las tres.
—Eso sería una prueba meramente circunstancial. No podemos basarnos en eso para arrestarlo.
—Si hay algo más, lo encontraré.
—¿Qué tal están los niños? ¿Han vuelto a atarte últimamente los pequeños diablillos?
—La verdad es que los niños son estupendos. No entiendo qué pasó con las demás niñeras. Son solo traviesos, como todos los niños.
—¡Vaya! No me digas que tenemos un nuevo recluta para la Brigada de los Papas, Alfonso —Pedro nunca había escuchado a Nan en un tono tan cordial. El mero hecho de que le gustaran los hijos de Cheltham no significaba que estuviera pensando en unirse a la Brigada de los Papas—. Pero supongo que antes tendremos que encontrar una voluntaria para la Brigada de las Esposas —continuó Nan—. Si vas a hacerlo, Alfonso, hazlo bien —niños, matrimonio... Ambas proposiciones daban miedo.
Y aún más miedo le daba a Pedro la rapidez con que surgía en su mente el rostro de Pau. Desesperado, trató de borrarla con la de Delfina. La secretaria tenía aquellos grandes... ojos. Pero a pesar de lo testaruda, enervante, entretenida y cautivadora que era, Pau se negaba a abandonar su mente.
Si ya estaba tan liado a causa de Pau y su familia, no quería ni pensar en lo que sucedería si estuviera casado y tuviera hijos.
—Eso no va a suceder, Nan.
—Deberías ir pensando en buscarte una chica agradable y en sentar la cabeza. Podría presentarte a mi sobrina Jazmin.
Nan ofreciendo consejos paternales era una cosa. Pero Nan ofreciendo a su sobrina para una cita a ciegas conjuraba imágenes terribles. Pedro tenía que dar por concluida aquella conversación como fuera.
—Creo que oigo llorar a uno de los niños.
—Los míos están todos en la cama y dormidos, así que Nora y yo vamos a pasar un rato juntos. El más pequeño acaba de empezar a ir al jardín de infancia y mi mujer lo echa de menos. Un hombre debe hacer lo que debe hacer para mantener a su esposa contenta, ¿verdad, Alfonso?
—Eh... sí, claro. Hablamos luego, Nan.
—Haré que Nora averigüe el teléfono de Jazmin para que puedas llamarla.
—Muy bien.
Tal vez la llamaría cuando el infierno se congelara.
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Siguee ------->>> 1/2
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