Se detuvo en el umbral de la puerta. Al menos era un comienzo. Pau dormía con la cabeza apoyada sobre el regazo de Pedro mientras él dormitaba con la cabeza echada atrás y la mano apoyada en su pelo.
Gladys movió la cabeza. Solo Paula Chaves era capaz de malgastar una oportunidad como aquella.
Empujó con suavidad el hombro de Pedro hasta que este parpadeó y abrió los ojos.
—Hey, Alfonso. Odio interrumpir la fiesta del sueño profundo, pero Pau se pondrá echa una furia si la señora Price la encuentra mañana por la mañana en esa postura.
—¿Eh? —Pedro parpadeó, adormecido.
Era un buen chico, y estaba como un tren, pero parecía un poco lento de entendederas.
—Uno de los dos tiene que levantarse e irse a la cama. Pau duerme como un tronco, así que tú eres el afortunado. Vamos.
Pedro miró a Pau protectoramente.
—Pero no puedo dejarla aquí así.
Gladys se encogió de hombros.
—Estará bien. Lo que puedo asegurarte es que se pondrá como loca si despierta mirando tu entrepierna en público.
—¿Puedes preparar su cama? —Pedro pasó un brazo bajo el cuello de Pau y el otro bajo sus rodillas.
Se puso en pie. No estaba gorda, pero tampoco era una pluma.
Gladys reprimió una sonrisa.
—Ahora mismo voy.
Salió del cuarto de estar mientras Pedro caminaba tambaleante a sus espaldas.
Lo supiera o no, al chico le había dado fuerte.
Pau experimentó la curiosa sensación de estar siendo observada. Abrió los ojos. Dos pares de ojos azules la observaban desde el borde del colchón. Sonrió y apartó las sábanas.
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