Cami bajó las escaleras y se puso a bailar por el sendero con unas braguitas de encaje en la cabeza.
Mili la vio al mismo tiempo que él.
—Mira. Cami es una nube. Cami es una nube.
Pedro reprimió una maldición. ¿Cómo podía haber pasado por alto las braguitas de Pau cuando recogió sus ropas?
Thiago dejó caer sus pinzas.
—Eso es asqueroso. Llevas unas bragas en la cabeza.
Mili rompió a reír y su hermanita se unió a ella.
Pedro sabía que lo último que debía hacer era mirar hacia Pau y Gladys. Lo intentó. Lo intentó con todas sus fuerzas. Pero no sirvió de nada.
Miró a Pau.
Gladys miró a Pau.
Pau se fue.
Pero no antes de que Pedro captara un destello de su expresión. Iba a matarlo por aquello.
—Al parecer, ayer perdiste algo, cariño —Gladys siguió a Pau a su dormitorio y cerró la puerta a sus espaldas.
Más de lo que Gladys llegaría a saber nunca: sueños, fantasías, confianza, autoestima... Teniendo en cuenta todo eso, ¿qué más daban un par de braguitas?
—Eso parece.
Pau se acercó a la ventana del dormitorio que daba al jardín trasero. Pedro y los niños seguían allí. Las braguitas ya no adornaban la cabeza de Cami
—¿Vas a decirme lo que pasó o voy a tener que sacártelo con sacacorchos? —Gladys rió, pero Pau no se tomó sus palabras como una fanfarronada. Su abuela era capaz de presionarla hasta conseguir que contarle lo sucedido resultara un auténtico alivio.
No había dejado de pensar ni un momento en todo aquel lío desde que había descubierto la verdadera identidad de Pedro. ¿Qué hacía allí un policía de incógnito? ¿Por qué estaba Gonzalo tan tenso? ¿Quién había estado en el despacho de Gonzalo el domingo por la noche? ¿Por qué iba a verse Delfina con alguien en el despacho esa noche?
Aún no tenía ninguna respuesta, pero sí un plan. Parte de ese plan incluía conseguir que Gladys y los niños se fueran de la casa. No pensaba mentirle a su abuela, pero tampoco iba a contarle toda la verdad.
Volvió a sentarse en la cama y se apoyó contra la cabecera. Gladys se sentó a los pies y miró a su nieta con ojos brillantes.
—Así que intentas bailar la rumba horizontalmente, ¿no?
Pau sintió que se ruborizaba. Una cosa era participar en la rumba horizontal y otra hablar de ello con su abuela... por muy liberal que fuera esta.
—Eh... sí.
Gladys palmeó la colcha con regocijo.
—Capté desde el principio la química que hay entre vosotros. Es muy poderosa.
Pau sabía que aquel adjetivo no bastaba para describir lo que había sucedido entre ellos la noche anterior. Pero Gladys tenía razón; había habido química entre Pedro y ella desde el principio.
—Gonza y Delfi vuelven mañana. ¿Crees que podrías llevarte a los niños a tu casa esta noche? —Pau mantuvo los dedos cruzados para que su abuela no sugiriera que fueran Pedro y ella los que se marcharan.
—Por supuesto, cariño. Llevo mucho tiempo esperando a que conocieras al hombre adecuado —Gladys guiñó un ojo, dispuesta a ayudar y a secundar a su nieta—. ¿Cuándo quieres que nos vayamos?
—Cuantos antes, mejor —su abuela parecía tan excitada que Pau odió tener que engañarla.
—Dame media hora para preparar el equipaje de los niños y enseguida despejamos la costa —Gladys se levantó y fue hacia la puerta, pero volvió enseguida para abrazar a su nieta—. Me alegro tanto, Paula. He estado muy preocupada por ti estos dos últimos años. Temía que nunca llegaras a encontrar la felicidad, pero Pedro es un buen hombre.
Sí, claro. Pedro era una rata mentirosa de dos caras. Pero aquel no era el momento adecuado para contárselo a Gladys.
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Sigue------>
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