—Podría tener un socio.
—También podría tratarse de un enemigo. Creo que alguien trata de jugársela.
—Me gustaría creer eso, pero, ¿de quién se trata? ¿Y por qué? —Pedro se había encariñado de la familia de Cheltham más de lo que debería, y no quería destrozarla. Pero era muy incómodo hablar de ello estando esposado.
—¿Por qué no me quitas las esposas?
—¿Por qué iba a fiarme de ti? —preguntó Pau, suspicaz—. ¿Cómo puedo saber que no vas arrestar a Gonzalo mañana en cuanto vuelva?
—¿Y por qué iba a fiarme yo de ti? ¿Cómo puedo saber que no vas a poner sobre aviso a Gonzalo y a Delfi?
Pau se mordió el labio inferior, indecisa.
—Podemos trabajar juntos, Pau. Solo quiero averiguar la verdad. Si estás tan segura de que alguien le está tendiendo una trampa a Gonzalo, ayúdame a probarlo.
Pau suspiró.
—De acuerdo. Supongo que tendremos que confiar el uno en el otro.
Se volvió hacia la mesilla de noche y abrió el cajón para sacar la llave. Luego se puso de nuevo de rodillas ante Pedro y se inclinó hacia para encajar la llave en la cerradura. Él contempló fascinado cómo se aceleraba el pulso en la base de su cuello. Cerró los ojos ante la tentadora visión de sus pechos cubiertos de encaje púrpura.
—Maldición —murmuró ella mientras su estómago presionaba contra la mejilla de Pedro.
Él no sabía cuánto más podría soportar aquello.
—¿Qué haces, Paula?
Ella se irguió aún más en la cama.
—He dejado caer la maldita llave —se estiró y su muslo se acercó tentadoramente a la boca de Pedro.
Pedro cedió a la tentación. Presionó los labios contra la delicada carne que tenía ante sí. Pau se quedó paralizada y gimió.
—Olvida la llave, Pau —murmuró él mientras frotaba su rostro contra ella y aspiraba su fragancia. Tomó entre los dientes el borde de sus braguitas y tiró de ellas.
—Pero, ¿y la llave? —pregunto ella con voz ronca.
Otro tirón y el delicado encaje que mantenía unidas las braguitas se desgarró.
—Encontraremos la llave más tarde.
Pau se sujetó a la cabecera de la cama y se frotó contra el muslo de Pedro.
—¿Qué llave?
Pau siguió a Pedro al interior del despacho de Gonzalo. Habían acordado trabajar juntos, pero no sabía si él quería descubrir la verdad o simplemente acumular suficientes evidencias para acusar a Gonzalo. Pero no tenían más remedio que fiarse el uno del otro.
—¿Qué buscas exactamente?
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