—Son niños y lo superarán. Tú lo superarás. Y también la chica del magnífico trasero. O puede que no.
Pedro miró por la ventanilla del coche. No quería habla de las niñas ni de Pau con Nan. Y tampoco quería oírle comentarios sobre el trasero de Pau.
No había manejado la situación con Pau y las niñas como debería haberlo hecho; en especial con Paula. Había vuelto a su costumbre de alejarse de una mujer antes de que lo hiciera ella. Quería reunirse con su viejo amigo José Cuervo y correrse una buena juerga para olvidar cuanto antes todo lo sucedido. Pero, como ya sabía por experiencia, salir una noche son José significaba enfrentarse a los mismos asuntos al día siguiente... solo que con resaca.
No. Necesitaba sumergirse en el trabajo.
—¿Cuál es mi siguiente caso?
—Voy a darte una semana de descanso, Alfonso.
—Preferiría trabajar. ¿Qué se supone que voy a hacer con toda una semana libre?
Nan se encogió de hombros.
—Vete al monte, pasea por la playa, ponte en contacto con tu niño interior... No sé. ¿Acaso te parezco una asistente social?
—No. Más bien pareces un policía bajito, gordo, calvo y con mucho mal genio.
Nan movió un dedo admonitorio en dirección a Pedro.
—Por esta vez, y dado tu lamentable estado de enamoramiento, voy a pasar por alto ese comentario, Alfonso.
Pedro estuvo a punto de negar aquella acusación, pero mantuvo la boca cerrada. No quería dar pie a Nan para que hiciera más comentarios.
—Deja que te cuente una historia —continuó su jefe—. Es la historia de cómo nos conocimos Nora y yo.
—Siempre me he preguntado cómo pudo acabar una mujer tan encantadora como Nora con un tipo como tú.
—Hoy es tu día de suerte, muchacho. Voy a acabar con tu tristeza. Muy poca gente conoce esta historia. Por aquel entonces yo era un policía novato que patrullaba por el Bronx. Nora era una chica de la calle a la que detuve un día.
Pedro se quedó boquiabierto. Habría jurado que Nan había dicho «chica de la calle» en relación a Nora, una auténtica candidata a ser canonizada.
—Será mejor que cierres la boca antes de que empiecen a entrarte moscas, Alfonso. Sí, Nora, era una fulana. Una prostituta joven y asustada. Su padre solía golpearla a diario, y también a su madre. De manera que un día decidió escapar, suponiendo que no sería peor hacer la calle que soportar la vida que llevaba en su casa —Nan hizo una pausa para morder la punta de un puro—. Mi vida cambió desde el momento en que la miré a los ojos por primera vez.
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Siguee ---->>> 5/8
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