Pau trató de ignorar la sensación de vacío que le producía su casa.
Pero sabía que en cuanto recibiera el paquete que esperaba de su cliente tendría trabajo de sobra para mantenerse ocupada... y dejaría de pensar en Pedro.
Molesta consigo misma, se apartó del teclado del ordenador. Había sido un interludio agradable y fugaz en su vida, pero ya había acabado.
Un repentino golpe de viento entró por la ventana abierta e hizo caer algunos de los papeles que tenía sobre la mesa. Colocó un pisapapeles sobre los restantes y se agachó bajo el escritorio para recoger los que habían caído.
Unos pasos resonaron en las escaleras y un momento después sonó el timbre. No era el momento más oportuno, pero se alegró de que por fin hubiera llegado la documentación que esperaba.
—¡Déjelo en la entrada! —gritó desde debajo de la mesa.
—Puede que esa no sea la mejor idea —la voz de Pedro llegó desde la ventana abierta.
Sorprendida al oírlo, Pau irguió la cabeza y se golpeó en la coronilla contra el borde de la mesa.
—Oh.
Salió de debajo del escritorio. Pedro estaba al otro lado de la ventana, contemplando su imitación de un cangrejo. Había planeado mostrarse fría y distante cuando lo viera, no estar a cuatro patas.
—¿Qué haces aquí? —preguntó con dureza mientras se ponía en pie. ¿Y por qué no iba a mostrarse dura? A fin de cuentas, Pedro ni siquiera la había mirado el día anterior cuando se había ido.
—Yo también me alegro de verte. ¿No vas a invitarme a pasar?
Pau irguió los hombros.
—¿Vienes por algún asunto oficial?
—No. Vengo por un asunto personal.
—En ese caso, no. No voy a invitarte a pasar. Entre nosotros no hay ningún asunto personal —volvió a sentarse a su escritorio y se puso a organizar los papeles.
En lugar de irse, Pedro es encogió de hombros y se sentó en la barandilla del porche.
—De acuerdo. Como quieras. No me dejes pasar. Pero estás muy equivocada, Paula Chaves Schultz. Claro que hay asuntos personales entre nosotros. Asuntos intensamente personales que están sin resolver —alzó deliberadamente la voz hasta prácticamente gritar. Una rápida mirada le confirmó que había captado la atención de al menos un par de vecinos.
—Vete, Pedro.
Él alzó una mano. Un par de braguitas blancas colgaban de la punta de uno de sus dedos.
—No hasta que te haya devuelto tus braguitas.
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Siguee 2/5 ----->>>
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