Pau tiró de la falda de su vestido hasta dejar completamente descubiertos sus muslos. Metió los pulgares bajo el elástico de sus braguitas, alzó las caderas, dobló las piernas y se las quitó.
Con un áspero gemido, Pedro capturó su boca y le hizo moverse hasta tenerla tumbada sobre su regazo.
Luego deslizó la mano bajo su vestido y comenzó a juguetear y atormentarla con ella. Sus hábiles dedos prometieron el paraíso mientras su dura erección empujaba eróticamente contra la parte trasera de los muslos de Pau. Ella dejó caer la cabeza sobre el sofá y disfrutó de aquella colección de eróticas sensaciones.
El placer se acumuló en su centro y fue creciendo en intensidad. Cerró los ojos mientras una intensa satisfacción le hacía estremecerse. Después, una placentera calma siguió a la tormenta.
Pedro contempló el dormido rostro de Pau mientras subía las escaleras con ella en brazos. Era una mujer increíble. Lista, atrevida, fuerte, sexy... y muy dormilona.
La dejó con cuidado en la cama y la cubrió con las sábanas mientras admiraba el contorno de sus esbeltas piernas y las deliciosas curvas de su trasero desnudo.
Besó delicadamente el moretón que aún adornaba su frente. Una oleada de ternura lo recorrió.
Desconcertado, se irguió y apartó a un lado aquella emoción.
Salió de la habitación y cerró la puerta a sus espaldas.
Una vez en su habitación, guardó su pistola en la funda, tomó sus esposas y bajó al despacho de Cheltham.
Era un poco pronto, pero no quería más sorpresas esa noche.
Pau parpadeó adormecida mientras miraba el reloj de la mesilla de noche. Eran las doce menos cuarto. Ah, aún le quedaban varias horas de sueño. Suspiró, satisfecha.
Delfina. Media noche. El despacho de Gonzalo. Se irguió repentinamente en la cama. ¿Cómo había llegado hasta allí...? No importaba. Lo sabía.
Salió de la cama y agitó la cabeza para despejarse.
Tenía que darse prisa. Debía estar en el despacho de Gonzalo antes de que Delfina llegara.
Aquella operación requería una camiseta y unos pantalones cortos, no un vestido. Se quitó el vestido. ¡Caray! Se había dejado las braguitas atrás una vez más. No había tiempo para volver a recuperarlas. Sus braguitas tendrían que esperar hasta más tarde.
Se puso otras. No podía seguir haciendo aquello. O las mantenía puestas estando cerca de Pedro o, como él había sugerido, dejaba de usarlas por completo.
Sabía cuál de las dos ideas era la más sensata. Pero también sabía cuál era la más divertida.
Una vez vestida, tomó su cámara de vídeo, su rociador de pimienta y su teléfono móvil, que conectó en el modo vibración para que no hiciera ruido. Apartó a un lado sus temores mientras avanzaba por el pasillo que daba al despacho de Gonzalo. Debía concentrarse. Su familia la necesitaba. Podía hacer aquello.
Marcó el código de la puerta y respiró hondo. Por fortuna, Delfina no había llegado antes de la hora esperada. El despacho estaba a oscuras.
—¿Que diablos haces aquí?
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Siguee ----->>>>> 2/4
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