Pau reprimió un chillido al reconocer la voz de Pedro.
Las cortinas que cubrían la ventana se movieron y Pedro se asomó tras ellas.
—Me has dado un susto de muerte —susurró Pau, irritada—. Un poco más y te rocío la cara con el pulverizador.
—Y tú tienes suerte de que no te haya disparado. Vuelve arriba antes de fastidiar mi operación de vigilancia.
—Ni hablar. Esta es «mi» operación de vigilancia. Si alguien va a irse eres tú.
—Te estás entrometiendo en un asunto policial.
—Es un asunto que atañe directamente a mi familia.
El sonido de una puerta al abrirse seguida de unas voces interrumpió en seco la discusión Pedro trató de arrastrar a Pau tras las cortinas, pero ella se apartó.
—No. Voy a esconderme en la bañera.
Pau había decidido hacía horas que la bañera era el mejor lugar. Si ajustaba las cortinas adecuadamente tendría una visión muy clara del despacho de Gonzalo en el espejo del baño. Además, no creía que unos criminales concentrados en sus nefandas actividades fueran a tomar una ducha.
—De acuerdo, pero no hagas ruido y ten cuidado —advirtió Pedro mientras corrían en direcciones opuestas.
Pau acababa de instalarse en la bañera cuando la puerta se abrió. Comenzó a filmar a través del espejo.
Delfina Burns dejó escapar una risita mientras entraba en el despacho.
—Entra, Brad. Bienvenido al santuario —Brad, un joven alto y rubio la siguió.
Delfina encendió una lámpara. Había cambiado su formal traje de trabajo por una mini falda y una camiseta corta de tirantes que dejaba ver su ombligo. El corazón de Pau latió aceleradamente. En cualquier momento, Delfina y su acompañante iban a incriminarse en el caso.
—¿No deberíamos apagar la luz? ¿Y si alguien la ve? No quiero que nos atrapen —Brad parecía nervioso, como era lógico.
Delfian lo empujó hacia el sillón de cuero de Gonzalo.
—No te preocupes, semental mío. En la casa solo hay carrozas y bebés. Lo más probable es que ya estén todos dormidos.
¿Carroza? ¿Acababa de llamarla carroza aquella mema? Pau estuvo a punto de fastidiarlo todo por darse el gusto de demostrarle a Delfina lo despierta que estaba a pesar de su avanzada edad.
—No se me habría ocurrido venir aquí si la cuñada del señor Cheltham no me hubiera interrogado al respecto. Entonces me dije, ¿por qué no? —Delfina se sentó en el escritorio de Gonzalo.
Pau apretó los dientes. De manera que había sido ella la que había puesto aquella idea en la cabeza hueca de Delfina...
—Es un escritorio muy grande —Delfina se apoyó sobre los codos y deslizó los pies por el pecho de Brad. Este ya no parecía tan nervioso como antes—. ¿Quiere dictarme algo, señor?
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Siguee ---->>> 3/4
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