—Lo siento, abuela, pero el domingo es su día libre. ¿No te has fijado en que no está?
—Vaya —Gladys se encogió de hombros—. Qué le vamos a hacer. Pero podemos ir a la cocina de todos modos. Mi estómago se está quejando hace rato. Puede que haya algo decente de comer por aquí.
—¡Guau! Ojalá comiéramos así siempre —dijo Thiago.
—Esta es la mejor comida de toda mi vida —Mili no tenía el dedo metido en la nariz.
Incluso la exigente y pequeña Cami parecía satisfecha empujando la comida por la bandeja de su silla alta.
Pedro resplandecía de orgullo ante el festín que había preparado para los tres diablillos. Era una lástima que «tía Pau», con sus fríos ojos verdes y las ambiguas sugerencias que había hecho respecto a su sexualidad, no pudiera verlo en aquellos momentos.
Trató de olvidar su rencor. ¿Qué más daba que aquella mujer cuestionara su sexualidad? Eso solo significaba que había hecho un buen trabajo ocultando su verdadera identidad. El mero hecho de que el roce de su pelo y la calidez de su aliento le hubieran afectado tanto en la biblioteca mientras lo soltaba no significaba nada.
De hecho, lo único que significaba era que debía mantenerse centrado en su investigación.
Como si sus pensamientos la hubieran conjurado, Pau entró en la cocina seguida de Gladys. Al ver su festín, se detuvo bruscamente y Gladys chocó contra ella.
—¿Quieren unirse a nosotros, señoras? Hay de sobra —ofreció Pedro, convencido de haberla impresionado con sus habilidades organizativas.
—Está chupi —Mili se chupó los dedos para enfatizar su afirmación—. Tía Pau, siéntate conmigo. Glady, siéntate ahí.
Gladys se sentó donde había indicado la niña mientras Pau sentaba a esta en su regazo.
—Nunca había visto nada como esto —dijo.
Pedro sabía cómo preparar un festín.
—¿Qué quiere primero? ¿Gusanos de queso? ¿Patatas fritas? Tenemos tres clases de salsas. ¿O prefieres un refresco?
—¿Hay algo verde en la mesa?
—Por supuesto. Aquí mismo —Pedro alcanzó a Pau un recipiente de pudin de pistacho con malvavisco.
—Gracias...
Gladys se puso a comer de inmediato mientras Cami golpeaba su taza de plástico con zumo de manzana contra la bandeja de su silla y lograba que el líquido saltara hasta el rostro de su niñero.
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