—¡Hey, cuidado con la taza! —Pedro tomó una servilleta y se secó el rostro. Pau y Gladys intercambiaron una mirada. Se suponía que los niñeros no debían permitir que los niños los rociaran con sus bebidas.
Cami lo miró directamente a los ojos y volvió a golpear con la taza en la mesa. Todos dejaron de comer para observar la escena. Pedro sabía reconocer un reto aunque fuera lanzado con una taza de plástico en lugar de con un guante.
—Ya está bien, jovencita. Dame esa taza.
Asombrosamente, la niña se la entregó sin protestar.
Mili rió y metió el dedo en su recipiente de pudín de pistacho.
—Eres gracioso, señor Pepe.
Pau Chaves volvió sus ojos verdes hacia él. De cerca, Pedro notó que no eran verdes, como había creído, sino de color verde mezclado con caramelo... aunque lo cierto era que todavía no había encontrado nada dulce en ella. Y habría apostado cualquier cosa a que en aquellos momentos tenía algún comentario mordaz en la punta de la lengua
—Veo que también tiene dotes de cómico —dijo ella, con los ojos abiertos de par en par en un gesto de burlona admiración.
—Disculpe a mi nieta, señor Alfonso —dijo Gladys con rapidez—. Está en pleno ciclo menstrual
Pau se atragantó con una patata frita y tuvo que dar un trago al refresco de Mili.
Era posible que Pedro apenas supiera nada sobre niños, pero sabía bastante sobre mujeres con el síndrome premenstrual. Nunca salía el tiempo suficiente con ninguna como para experimentar el temido síndrome, pero tenía muchos compañeros y amigos que habían caído en la trampa del noviazgo y el matrimonio.
También le habían puesto al tanto sobre dos síntomas comunes de las mujeres con el síndrome premenstrual: una total irracionalidad y antojo por el chocolate. Miró a Pau con temor.
—He visto una lata de sirope de chocolate en la nevera. ¿Quiere que la saque?
La vengadora premenstrual miró a lo alto, exasperada.
—Ni tengo el síndrome premenstrual ni quiero chocolate, gracias —volvió la mirada hacia Gladys—. De todos modos, si vuelves a hacer un comentario parecido, te...
—Si ella no quiere el sirope de chocolate, ¿puedo tomarlo yo? —interrumpió Thiago—. El chocolate aumenta los niveles de serotonina en el cerebro y la sensación general de bienestar. Así que, ¿puedo tomarlo?
Aquel niño era una enciclopedia andante. Pedro se encogió de hombros.
—Por supuesto.
El niño se levantó, fue a por el sirope, sirvió una generosa cantidad sobre su pudin y luego eructó sonoramente.
Pedro puntuó el eructo.
—Cinco.
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