El niño era una enciclopedia andante.
Pau se volvió hacia Pedro.
—¿Qué le ha pasado a su camisa?
Pedro señaló la prenda desecha en un rincón de la biblioteca.
—La han cortado después de atarme —por fortuna, se habían detenido en ese punto y no estaba sentado en aquellos momentos ante todos los presentes con el beep al aire.
Blakely, Upshaw y Dickerson emitieron unos sonidos estrangulados. No había duda de que estaban disfrutando con aquello.
Las dos mujeres miraron a los niños con expresión horrorizada.
—Thiago, Mili, ya sabéis que no debéis jugar con las tijeras —los reprendió la abuela.
Pau dejó a la niña en brazos de su abuela.
—¿Por qué no te llevas a los niños arriba y compruebas cómo está Cami?
—Buena idea —dijo Gladys—. Thiago y yo podemos charlar mientras vosotros os conocéis mejor —empujó con disimulo el codo de Pau—. Es muy guapo —susurró—. No dejes que este se escape.
Pause puso colorada mientras su abuela y los niños se encaminaban hacia la salida.
—Parece que ya lo tiene todo bajo control, señora —dijo Blakely—. Si no nos necesita para nada más, nos vamos a hacer el informe.
Pedro sabía con exactitud la clase de informe que pensaban presentar. La debacle de la cinta de embalar estaría en boca de toda la comisaría en pocos minutos.
—Gracias por haber acudido con tanta rapidez —dijo Pau—. Siento haberles molestado.
—Para eso estamos. Llámenos cuando nos necesite.
Pau alargó la bolsa de los donuts hacia Blakely.
—Tome. Acepte esto por las molestias. Los había traído para los niños, pero es obvio que ahora no se los merecen.
Blakely aceptó la bolsa con una sonrisa.
—Gracias. Esto nos ahorrará un viaje —inclinó la cabeza en dirección a Pedro—. Ya puede quitarle el resto de la cinta. Y será mejor que advierta a los niños para que lo traten mejor a partir de ahora. No se moleste en acompañarnos. Sabemos dónde está la puerta.
Pau permaneció donde estaba hasta que el sonido de la puerta principal al cerrarse indicó que los policías se habían ido.
—Bien. Ahora voy a quitarle la cinta para que pueda levantarse de esa silla —con movimientos rápidos y efectivos, se colocó tras Pedro y comenzó a retirar la cinta.
Sus manos estaban frías, pero su cálido aliento acarició la espalda de Pedro y su pelo moreno le rozó los hombros. Rodeado de su fragancia, él encontró aquellas sensaciones inadecuadamente eróticas.
—Siento todo lo sucedido —dijo Pau—. Los niños pueden ser muy traviesos.
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