El hombre negó frenéticamente con la cabeza. ¿Quién, excepto un delincuente, pondría objeciones a la presencia de la policía? Desde luego, no un tipo inocente envuelto en cinta de embalar.
Pau reprimió un arrebato de pánico y volvió a llamar a sus sobrinos.
—¿Thiago? ¿Mili? ¿Cami? —excepto por los apagados gruñidos del desconocido y la lejana voz de Gladys, el silencio volvió a adueñarse de la biblioteca.
Aquel hombre iba a tener que preocuparse de algo más que del pulverizador de pimienta si había tocado un solo pelo de la cabeza de los niños.
Casi de inmediato sonó la sirena de un coche de policía en la distancia. El hombre dejó caer los hombros, resignado. Consciente de que la ayuda estaba en camino y deseando localizar a sus sobrinos cuanto antes, Pau se acercó al desconocido. Excepto por aquellas extrañas marcas en su rostro, no parecía un criminal. ¿Amigo o enemigo? Pronto lo averiguaría.
Nunca había retirado cinta de embalar de ninguna parte del cuerpo, y supuso que lo mejor sería tomar un extremo y tirar de ella.
Alargó una mano hacia la boca del hombre.
—Voy a quitarle la cinta. Si sabe dónde están los niños, más vale que me lo diga de inmediato.
Cerró los ojos y dio un tirón.
Pedro tenía las manos atadas a la espalda, de manera que no pudo permitirse el lujo de pasar una de ellas por el irritado labio superior. No había leído nada sobre aquello en los dos libros de niños que había comprado, pero lo cierto era que, más que niños, las criaturas a las que se había enfrentado parecían demonios.
—Los niños están...
Tres de sus compañeros policías entraron en aquel momento en la biblioteca con sus armas en ristre.
—Ya puede bajar eso, señorita.
Pau siguió apuntando al rostro de Pedro con su pulverizador. Ni siquiera se volvió a mirar a Blakely, el compañero y competidor de Pedro que estaba a cargo. No podía decirse que el comienzo de la operación hubiera sido estelar.
—No hasta que sepa dónde están mis sobrinos.
Pedro señaló con un gesto de la cabeza las cortinas que flanqueaban las puertas acristaladas.
—La última vez que los he visto estaban ahí.
El pesado terciopelo de las cortinas se agitó. La rubia cabecita de un niño apareció por un costado.
—Hola, tía Pau.
----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
---Sigan Leyendo--->
No hay comentarios:
Publicar un comentario