Entonces, después de que se despidiera de los pequeños, Pedro salió del coche y avanzó hacia Pau... la cual se quedó petrificada. A pesar de la sonrisa que se obligó a esbozar, Pedro notó que las manos le temblaban. No la culpaba por estar nerviosa, pues era consciente de que había muchas cosas pendientes entre ambos desde la noche de la tormenta. Pero no pudo evitar sentirse afectado por la preocupación que observó en la mirada de Pau.
— ¡Qué sorpresa! —lo saludó ésta cuando estuvieron juntos.
Pedro le agarró las manos y le dio un beso fugaz en la mejilla, cuando lo que deseaba era abrazarla y devorarle la boca con fiereza.
—Hola —saludó él.
— ¿Qué haces aquí? —preguntó Pau tras dar un paso atrás.
—Esperarte.
— ¿Por qué? —Pau pestañeó—. ¿Ha pasado algo?
—Sí. Pasa que te he echado de menos. No he dormido bien desde hace más de una semana porque no hago otra cosa que pensar en ti — contestó Pedro—. Increíble. Esto sí que es nuevo: Paula Chaves se ha quedado sin habla —añadió al ver la cara de asombro de ella.
—Con piropos así, no entiendo cómo se te dan tan bien las mujeres —repuso Pau.
—No creo que mis piropos tengan nada que ver con eso. Pero me gustaría enseñarte en qué se basa mi éxito —la provocó él.
—Bueno, ¿cuándo has vuelto? —preguntó Pau sin hacer caso de la sugerencia de Pedro.
—Esta mañana.
—En uno de los mensajes decías que tenías una pista sobre Thiago. ¿Ha habido suerte?
—No —reconoció Pedro, algo decepcionado—. Pero no he venido a hablar de Thiago, ni a jugar a las Veinte Preguntas contigo.
— ¿Las Veinte Preguntas?
—Sí, ya sabes, ese truco tuyo de preguntarme por el trabajo, por la familia y recordarme lo buenos amigos que somos para poder distraerme. Bueno, esta vez no te vas a salir con la tuya.
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