Paula Chaves lo miró como si se hubiera vuelto loco.
—Entonces, ¿no piensa renunciar al trabajo?
—Claro que no —«al menos hasta que tenga la evidencia necesaria para atrapar a Cheltham», añadió Pedro para sí—. De hecho, han realizado un buen trabajo. Fíjese en la simetría entre los dibujos del lado derecho y los del izquierdo.
Pau se inclinó para recoger un par de rotuladores del suelo y expuso un notable trasero ante la atenta mirada de Pedro, que decidió al instante revisar su opinión anterior sobre ella.
—Está muy bien que sepa admirar su habilidad artística —dijo Pau cuando se irguió y lo miró con una traviesa sonrisa en los labios.
Pedro tuvo un mal presentimiento.
Ella le entregó los rotuladores.
—Son permanentes.
Pedro echó otra mirada al espejo y tragó saliva.
—¿Permanentes? —repitió, horrorizado.
—Sí. Me temo que tendrá que esperar a que se le vayan quitando con el tiempo.
La semi sonrisa de Pau dio paso a una franca sonrisa.
Y Pedro comprendió en ese momento de dónde habían sacado los niños aquella vena sádica. La habían heredado de su tía.
Pau se tumbó en la cama de Mili mientras esta preparaba un té para sus ositos. Yhiago se había retirado a su dormitorio, en teoría para trabajar en un proyecto para el club financiero infantil al que pertenecía. Pau sospechaba que lo había hecho para evitar más reprimendas.
Miró al roedor que se hallaba en una jaula en un rincón del dormitorio. Mephisto, el gato de la familia, observaba torvamente a la criatura.
—Esa rata me pone nerviosa —dijo Pau. ¿Por qué no podían tener los hijos de Delfi una mascota normal, como un hámster?
—Hermes es un ratón blanco, no una rata —dijo Gladys, con un encogimiento de hombros—. Pero lo cierto es que no me gustaría que se subiera a mi cama de noche.
Pau se estremeció. Aunque adoraba a su hermana, no había duda de que tenían gustos muy diferentes.
Mascotas. Profesiones. Casas. Nunca se había sentido cómoda en casa de Delfi. En la humilde y austera opinión de Pau, todo resultaba excesivo y sobrecargado, excepto el dormitorio de Mili.
—Me encanta este cuarto.
Gladys asintió desde el asiento que ocupaba junto a la ventana.
—Es encantador, ¿verdad? Cada princesita debería tener su propio castillo.
Pau miró al techo y casi imaginó que las nubes blancas que lo adornaban se movían sobre el azul del fondo. En una pared había pintado un unicornio ensillado y amarrado, un mítico corcel que parecía esperar a un príncipe ausente. A Pau no solo le gustaba aquel cuarto, sino que le profesaba una adoración que no encajaba del todo con su naturaleza pragmática. Y hablando de no encajar...
Se irguió sobre un codo.
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