Pau se quedó mirando a la pequeña, casi con lágrimas en los ojos, y Pepe le dio una mano afectuosamente. Todavía quería hacerle el amor, pero también quería aliviar el vacío que había notado en Pau al despedirse de Lisa. Y, sobre todo, quería quedarse a solas con ella.
— ¿Podemos irnos? —preguntó, guiándola directamente hacia su furgoneta.
— ¿Y mi coche? No puedo dejarlo aquí.
—De acuerdo. Yo dejo la furgoneta y vamos en tu coche. ¿Dónde has aparcado?
—No puedo hacerlo, Pepe —dijo ella, camino del aparcamiento—. No puedo acostarme contigo así, sin más.
—Pau —Pedro la atrajo hacia sí.
—No, no puedo pensar cuando me estás tocando —se resistió ella—. Vas demasiado rápido para mí.
—Teniendo en cuenta que nos conocemos hace veinte años, no me parece que estemos batiendo ningún récord de velocidad.
—Ya sabes a qué me refiero. Hasta hace muy poco no te habías fijado en mí como mujer. ¿O me vas a decir que llevas veinte años intentando acostarte conmigo?
Ya tendría tiempo de decirle más adelante que sí se había fijado en ella hacía mucho, aunque el miedo a perder la amistad que los unía lo había mantenido distante.
—Está claro que he sido un beep.
—En eso estamos de acuerdo.
—Nos deseamos mutuamente, Pau. Y estoy harto de que nos pongamos excusas para no hacer algo al respecto —prosiguió él—. ¿O es que tú no me deseas? Si estoy equivocado, dímelo ahora.
—No lo estás —susurró Pau—. Te deseo.
—Ah, cariño —Pepe le acarició el cuello.
—No —Pau le apartó la mano—. Ya te he dicho que no puedo pensar cuando me tocas.
—Está bien —Pedro se metió las manos en los bolsillos para evitar tentaciones—. ¿Qué hacemos aquí todavía?, ¿es que no hemos perdido suficiente tiempo preguntándonos qué sentimos el uno por el otro?
-----------------------------------------------------------------------------------
---Sigan Leyendo--->
No hay comentarios:
Publicar un comentario