—No la esperaba —explicó él—. Se presentó de repente y...
—Ya te he dicho que no tienes que darme ninguna explicación —lo interrumpió Pau.
—Ya lo sé. Te lo cuento para que entiendas lo que ha pasado.
—Lo entiendo perfectamente —repuso ella mientras se ponía unos pendientes.
— ¿Seguro?
—Segurísimo —contestó Pau, justo antes de que sonara el timbre—. Y también entiendo que no es asunto mío con quién lo hagas lo que quieras hacer. Y ahora, si me disculpas, creo que es mi cita.
— ¿Tu cita?
—Exacto —Pau fue hacia la puerta sin molestarse en mirar a Pedro y pensó que el enfado de éste al ver a Scott debería haberle producido cierta satisfacción.
Pero no fue así.
Y a pesar de todos los esfuerzos de éste por alegrarla, Pau siguió sintiéndose vacía y apenada toda la velada.
—Llamando a Pau, llamando a Pau.
— ¿Perdona? —despertó ésta.
—No hace falta que te disculpes —dijo Scott, sonriente—. Aunque si fuera un hombre más vulnerable, el hecho de que no hayas escuchado nada de cuanto te he dicho en los últimos diez minutos le habría hecho mucho daño a mi ego.
—Lo siento, Scott —volvió a disculparse Pau—. No es por ti.
—Ya lo sé, pero no creas que te voy a dejar escapar tan fácilmente —susurró él—. ¿Sabes? He estado a punto de enamorarme de ti; pero luego me di cuenta de que tú no me correspondes.
—Lo siento, de verdad... —insistió ella. ¿Cómo podía ser tan beep? Scott era atractivo, encantador, amable, divertido... pero no era Pedro, y era a éste a quien amaba.
—Yo también lo siento. Todavía no entiendo cómo una mujer inteligente como tú puede preferir a alguien como Alfonso antes que a un tipo tan ideal como yo —bromeó Scott.
—Yo tampoco lo entiendo —aseguró Pau—. Pero supongo que el corazón no siempre está de acuerdo con la cabeza. Alguien dijo una vez que no se elige a la persona a la que se ama, sino que el amor nos elige a nosotros... Supongo que es verdad.
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